domingo, 5 de marzo de 2017

UN FERRI EN EL MUELLE


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Nuestro viajero se ladea contra la ventanilla. Estira un poco las piernas y cierra los ojos. Desde los puertos hasta el centro de las ciudades, todo es para él yates, chalupas, contenedores, estatuas… El microbús parte en dos el muro de la noche y nuestro viajero acaba por subir los pies en el asiento.
Es el último en bajarse. En intentarlo, al menos. Alarga el alivio del aire acondicionado, hasta que no quedan dentro del microbús más que el conductor y él.
—Usted tendrá que pagarme doble, amigo —dice el conductor en cuanto nuestro viajero se acerca.
—¿Y ese honor a qué se debe?
—Bueno, usted ha venido ocupando dos plazas.
—Eso es una broma, ¿no?
—No, señor —dice el conductor—. Usted ha traído los pies en el asiento de al lado…
—Por cierto —interrumpe nuestro viajero—, las sandalias nunca tocaron la tapicería.
—Menos mal. Y por eso mismo va a pagar nada más las dos plazas.
—Pero ¿y los demás pasajeros...? Había más de un par de asientos con una sola persona y usted no le ha pedido a nadie que pague doble.
—¿Usted venía dormido, verdad? —dice el conductor—. ¿Cómo puede saber si los otros han venido sentados como Dios manda o torcidos como usted?
—Uno —dice el viajero—: cerrar los ojos no siempre es dormir. Y dos: no metamos a Dios en esto...
—Es mi taxi y aquí meto yo a quien quiera. Usted ha ocupado dos plazas, ¿no es así?
—Sí y no —dice el viajero soltando el bolso en el pasillo. Continúa: —Cierto que una parte de mí ha estado en un asiento y, la otra, en el de al lado. Pero lo normal es pagar por la persona, no por las partes…
—Muy gracioso —dice el conductor—. Se ve que usted no es de acá. La policía está ahí mismo, al doblar. Ya verá usted las cuentas que echamos aquí.
El microbús se cierra de un tajo, incluso antes de que el conductor se reacomode al volante.
—La policía… —murmura el viajero.
—¿De dónde viene usted…?
—Apague el motor —dice el viajero—. ¡Apague el motor!
Nuestro viajero se vuelve a sentar, ahora en la fila más cercana al conductor. Saca del bolso una mágnum 50. El revólver está aún en su funda, pero sobresalen el cañón y la mira. Con el conjunto revólver-funda, el viajero, más que apuntar, señala hacia el conductor como quien muestra un guante de albañil curtido en hormigón.
—¡Tampoco es para tanto! —dice el conductor levantando como un resorte las manos, juntando los pies, los ojos enormes.
—Puede que sí lo sea —dice el viajero—. Usted iba a llevarme a la policía.
El conductor, con la cabeza, asiente mientras niega pronunciando varios no en ráfaga. Una línea de noes rítmica, ajustada al oscilar de la cabeza.
—¿Y qué es la policía? —insiste el viajero.
—Pues no sé. Nunca me hago esas preguntas…
—El orden, estimado conductor. ¿Y los agentes que van a recibirnos…? —El viajero se recuesta, siempre estira los pies y, sobre ellos, la mágnum en apariencia descuidada. Continúa: —¿Los agentes son de por acá? Son de «la tierra», ¿no?
—Paisanos la mayoría, sí.
—Pues el Orden, en este caso, es «vuestro» orden.
—¿Qué quiere que le diga…? Yo…
—Que es «vuestro» orden, que es parcial, que corre por cuenta de «la casa».
—Es lo que yo digo. Perdón, lo que usted dice…
—No sea tan cobarde, hombre. Estamos conversando. Mire: usted trae a cuento una parcialidad viciada. Lo hace por dos veces: al cobrar y luego al amenazarme con sus vecinos policías o sus policías vecinos; como le guste: conciudadanos, paisanos. Como le venga en ganas… Bueno, pues yo también poseo mi parcialidad. Se la presento.
El percutor hace un ruido similar al del monedero del conductor cuando ha dado el cambio a los demás pasajeros minutos antes: un ruido de metales que rozan, se desplazan y dejan sitio a otros metales.
—Ahora sí que no entiendo —dice el conductor. Si me deja de apuntar, a lo mejor…
—Al contrario, se entiende mejor con una pistola delante. ¿O aquí en su isla la policía va desarmada?
—Ni para el café en el bar.
—Y ustedes comprenden rapidito cuando la policía les habla, ¿cierto? Pues ahora me va a entender a mí… Usted iba a secuestrarme…
—¿Secuestrarle? —interrumpe el conductor.
—Está clarísimo —dice el viajero—. O por lo menos, lo contrario no lo está. ¿Cómo sé que en verdad iba hacia «su» comisaría y no hacia una granja abandonada, a entregarme a sus cómplices…?
—Acá no hacemos eso. Somos gente seria —dice el conductor—. Gente de trabajo.
—Y ahora parece que es condición el ser de «acá» para ser serio. Y hace nada aseguró usted que yo no era de «acá». Me acaba de decir que no le parezco lo bastante… ¿De dónde saca usted que yo no sea serio, es decir, de «acá»?
—La pinta —dice el conductor—. Cuando imaginé que no era usted de acá, lo hacía por la pinta que tiene. Los pantalones cortos, los guantes y las sandalias…
—¿Tampoco se ponen sandalias por aquí? —dice el viajero.
—Pues sí… Pero ninguno lleva un bolso de piel cuando anda en sandalias. Y mucho menos guantes. Y luego el acento…
—El acento —dice el viajero—… Eso puede imitarse.
—Con el perdón: siempre se nota algo.
—¿Y si fuera de por acá y estuviera imitando a los de afuera?
El viajero señala con el mentón hacia la noche. La diferencia de altura entre el parque y el puerto les brinda un panorama de líneas rectas en el cual sobresale el ferri, gigante dormido en el muelle. El viajero confirma la sensación que tuvo una hora antes, desde la plataforma de ese ferri. La ciudad está extrañamente iluminada. Casi no hay farolas más allá de las plazas públicas. Parece una ciudad envuelta en un rocío de salitre que mana de sus farolas.
—¿Usted conoce mundo? —dice el viajero mientras acaricia los grabados de la funda.
—No pague —dice el conductor—. Váyase tranquilo y aquí no ha pasado nada.
—Sí que ha pasado. O va a pasar. Por ejemplo: usted me ha visto. Sabe que voy en sandalias, que llevo guantes y un bolso de piel. Y que puede que no sea serio…, bueno, de «acá», porque imito a los turistas… ¿Ha salido alguna vez de acá? ¿Ha cogido antes ese ferri o no?
—Mil veces.
—¿Y le dan en todas partes el mismo trato que usted da aquí?
—Pues mire que no es muy diferente —dice el conductor—. En unos lugares saludan más, en otros menos, pero no pague para que vea la cara que le ponen.
—O sea, no son educados fuera —dice el viajero.
—Educados sí. Eso es otra cosa…
—Es lo mismo. La educación, el trato…
El viajero saca al fin la mágnum de su funda.
—Todo tiene que ver —dice.
—¿No he sido yo educado con usted?
—A su manera, supongo. Nada más ha intentado robarme, secuestrarme… O estafar, secuestrar y luego… Por cierto, ¿cómo acaban las historias estas por «acá»? ¿Qué venía después?
—No había después, señor.
—¿Cómo que no había después? —El viajero suelta la funda en el interior del bolso—. ¿Iban a matarme, usted y sus policías amigos de la infancia?
—¡¿Y eso, de dónde lo saca?!
—De usted mismo. ¿Cómo interpreto que no haya después? Siempre hay después. Por ejemplo, si ahora le soltara usted iría a por sus amiguitos, me denunciaría. Luego se montaría un operativo, una redada, aspavientos, y para justificar el gasto en el presupuesto municipal, dirán luego que se busca a un criminal de calibre, armado y extranjero…
—¡Por mis hijos le juro que chitón, que punto en boca! ¡Por mi madre que esto muere aquí...!
—Ve —dice el asesino—. Ha dicho que esto muere aquí… Usted mismo lo ha pedido.
—¿Qué va a hacer? ¡No vaya a matarme…! ¡No, por un asunto de una plaza en un taxi!
—¡Vaya!, conque ahora es una plaza nada más…
—¡Las plazas que usted quiera…!
—Una plaza. Era una sola plaza.
—Pues una… —dice el conductor.
—Pero voy a matarlo de todas formas. Usted quiso desde siempre que yo lo matase hoy. Yo venía muy tranquilo, iba a pagarle y ha sido usted quien me ha hecho sacar «mi» orden.
Hasta ahora, con una mano solamente, cerrando el pulgar, el anular y el meñique y apenas encogiendo los dedos restantes, el viajero ha dibujado en el aire cada una de las comillas. Pero esta vez usa también la mano del revólver. El revólver, en concreto. Una vez arriba, la mano libre abre las comillas, si se mira desde el viajero hacia el conductor, y las cierra con la otra mano, con el revólver en una caída larga hasta acabar sobre las piernas.
—Tengo dos hijos —dice el conductor—. ¡Y viene otro en camino!
—¡Tres! —Dice el viajero—. ¡Madre mía! ¡Tres niños! A lo mejor por eso trabaja de noche. Para dormir de día y ni enterarse. Pero..., ¡¿cómo se puede ser tan cabrón teniendo tres hijos?!
—Es la época. Temporada baja. No viene casi nadie por acá. Mala, la cosa está muy mala…
—Eso no es culpa mía. Arréglese con los demás si no vienen. Yo estoy aquí. Yo he sido fiel y, encima, iba a ser su víctima. Por suerte, puedo meterle un pedazo de esta mágnum entre los ojos para que aprenda a vivir justo de lo que da un taxi… ¡Apague las luces! Hagámoslo con elegancia. Las manos, bien arriba. ¿Lo mato aquí o prefiere en la calle?
—Aquí no —dice el conductor—. Aquí no, que luego hay que limpiar todo… Máteme en la calle, sobre el césped…
—Ah, qué romántico. Veremos. Las cosas no son siempre como a uno le da la gana. ¿Esto tiene radiocasete?
—¿Quiere el radiocasete?
—Pero usted… ¿Por quién me toma? —dice el asesino.
—Se lo puede llevar, es extraíble.
—¡Me está diciendo ladrón! ¡Me está llamando usted ladrón! —el asesino se pone de pie, se agarra de un tubo del techo y se estira sobre el conductor.
—Los discos están en la guantera —susurra este último, la cabeza contra el vidrio, el volante clavado en el costado.
—Se acaba usted de quedar sin césped —le susurra a su vez el asesino.
—Con la radio basta —continúa—. Me sirve cualquier emisora.
—¡Súbala, hombre! —grita.
—Cierre los ojos —dice finalmente—. Apriételos bien. Lo más fuerte que pueda. Ya verá que así le dolerá menos.
De tanto apretar los párpados, los pómulos, cada músculo, a nuestro conductor se le mezclan los ruidos de su presión ocular y el de la radio. Le acaban doliendo los hombros.
Se toca la frente, por precaución, y ya de paso se seca el sudor, mira dentro del microbús, hacia el edificio de la Gubernatura; de nuevo dentro, y ahí está. El bolso sigue al pie de la primera fila de asientos. Está abierto. Estirando el pie, nuestro conductor lo toca con la punta del zapato, hasta que es capaz de levantarse y revisar dentro.
Empuñando la mágnum, sale del microbús. Mira detenidamente hacia los callejones. Revuelve la oscuridad. La luz, enredada en las farolas a causa de la niebla, está suspendida: esferas sobre la plaza. El conductor se aleja lo suficiente como para que al volver, del edificio de la Gubernatura, le lleguen las huellas de cascajos en las paredes. Las ha visto toda su vida, pero esta noche percibe el color más íntimo de la piedra. Nuestro conductor tiene un recuerdo de peces descamados.
Patea el bolso antes de apretar el botón de la puerta y comienza a pensar en la Policía. Tenían que saber. Le harían poner una denuncia. Lo que demoraba eso de las denuncias... Pero un tipo como aquel viajero es peligro. No todos los turistas vienen a por el pulpo y la cerveza en las terrazas del mediodía.
Sale con una primera marcha menos larga y ronca que la segunda. Dobla muy ajustado la esquina, sin dejar de preguntarse cómo puede alguien desaparecer tan rápidamente. ¿O ha estado él tanto tiempo con las manos en alto? Bastante, supone. Los hombros. Aún le duelen los hombros. Y cuando el panel de la Gendarmería refleja la luz del microbús, se imagina el asombro con el que sería recibido. Porque bien puede creerse que sí, que es él… La prueba está a su lado: al pie de su asiento, un bolso de piel con una mágnum 50. Basta con decir un revólver. Una línea impersonal y sin mucho detalle. Lo demás puede ser una cara de pánico, una declaración sumaria, una llamada del cónsul, una entrevista del periódico local a la víctima, ese turista de los tantos que a menudo llegan por las tardes, en el último ferri.

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© A. G. C., noviembre, 2015.
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jueves, 16 de febrero de 2017

DILEMA DE ESTAR EN PARÍS Y NO ESTAR


© Amaurys García Calvo, París, 2016.
Qué será cuando acaben de faltarme
los que ya me faltan.
En las noches de París
brillan suposiciones de náufrago
el hambre
pensar que rayando el vidrio
un hombre vive y ayuda a vivir
el hambre de los míos no iba a terminarse
[ con mi marcha.
Esta manía puente colgante
sobre las calles
sobre un verso
de tragarme el frío de París y llorarlo
como un hombre que a pesar de sus enormes abrigos
se muere de frío
y termino pensando
frente al café humeante
qué sería si volviese

París no cree en el destino
no permite
volver del todo hacia atrás y querer
de nuevo
a los que ya no te aman
ni amar del modo que merecen los que aún te piensan.

© Amaurys García Calvo, París, 2016.


A. G. C., 2008.