viernes, 5 de agosto de 2011

CASA LLEVADA



Este cuento obtuvo el XIV Premio Internacional JULIO CORTÁZAR de Relato Breve, de la Universidad de La Laguna, en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, España.

Última revisión: junio de 2017.

para mi Ale

Crecida en Cabaiguán, 2015
Despertó con el rostro en una esquina del colchón. No reconoció el roce del agua en los dedos de su mano izquierda, entumecida desde el hombro, y se reprochó la nueva manía de dormir con el brazo colgando fuera de la cama. Luego fueron las salpicaduras en los tanques del patio, los frutales sacudiéndose, el río acelerado, aliviando en la cocina y saliendo por la puerta trasera.
«Todas las ventanas de la casa están abiertas», recordó. Mientras se calzaba las chanclas, reparó en que la presión de agua debía habérselas llevado, pero no insistió en el absurdo y salió al pasillo con la sospecha de que estaba siendo mojado por el agua más fría de toda su vida.
Avanzó a pasos cortos, pero vio en la cocina el desastre en los bajos de la encimera: los tarros de aluminio y las tapas de los calderos flotaban a la deriva y chocaban contra la pared. Le invadió una angustia repentina por el refrigerador. «Ahora sí», dijo y decidió dejar los demás dormitorios para después. «De todos modos, allá no duerme ni va dormir nadie en sabrá Dios cuántos meses», y continuó pateando el agua como quien entra en la playa.
Pretendía subir el refrigerador en la encimera. Apartó el microondas y empujó la hornilla hasta pegarla al plato y el vaso aún sucios del almuerzo, y entonces comprendió que no rescataría su refrigerador porque había llegado con más de cuarenta años de retraso a este diluvio. «Edad de mierda», dijo y corrigió de inmediato: «Agua de mierda». Se figuró que lograría subirlo si lo vaciaba. «Cómo les digo a los muchachos que hay que comprar otro», murmuró abriendo la puerta con cuidado, forcejeando con la densidad del agua. Y la luz de siempre no encendió y no pudo escuchar el ronroneo de la máquina, y cerró la puerta, se recostó a la pared y en un acto de póstumo respeto desenchufó el interruptor y dio dos palmadas de despedida en la carcasa. Antes de salir le puso encima el juego de cubiertos nacarados que los hijos le habían traído en el último viaje.
Creyó escuchar un picoteo sobre el cinc del rancho y dio por sentado que llovían granizos, pero acabó perdiendo la referencia del sonido porque al pasar junto al segundo dormitorio el viento, que irrumpía plenamente de ese lado de la casa, alborotaba las minucias de las lámparas del techo. Antes de cerrar las persianas contempló la crecida: le aislaba aún más del vecindario, esquilmaba las plataneras, reforzaba el raquitismo de los almácigos del cercado y las flores ausentes en el lecho de la majagua.
El caudal relamía el colchón. Levantó los vuelos de la sobrecama, la enrolló sin creerse y la depositó sobre del armario. Esta vez ni siquiera se le ocurrió subir también el colchón porque aún arrastraba el disgusto de la nevera.
Al salir, vio el gato empapado sobre el televisor. «Bájate de ahí», le gritó, pero el animal permaneció como una figura de porcelana más y él entendió el desconcierto, la mirada grave, su profunda y felina seriedad. Desde que los muchachos se habían marchado, no le permitía al gato entrar en casa. «Dónde te cobijaste de los otros aguaceros», preguntó. «¿Y la perra? ¿Dónde está la perra?». Y giró en redondo. Retrocedió rumbo al patio. Fuera, el agua se arremolinaba. Lo que antes fue el desnivel de la terraza hacia los frutales, era hoy una planicie de aguas iracundas. No se atrevió a salir, a navegar hasta al rancho. Dio un chiflido agudo. Dos veces. Nada le indicó que hubiese ninguna forma de vida en el interior del rancho. «¿Cómo le digo a los muchachos que la perra se ahogó?», dijo. «¿Quién va a recibirme cuando regrese del mercado o del doctor, de recoger las cartas de mis hijos? ¿Con quién voy a compartir la lectura de las próximas cartas?».
Necesitó recostarse a la pared. Dio la espalda al rancho, a la ventana, pero quedó de frente al comedor, a lo que antes fuera el comedor en los tiempos de toda la familia reunida. Y creyó verlos a todos esperando a que él se sentara, la mesa servida; los niños con las manos sobre las piernas. El más pequeño, sobre cojines para alcanzar el borde, golpeando las patas de la silla. «Se le mojarán los pies», dijo andando nuevamente. Percibió el desatino y corrigió: «El dinero», y torció hacia la cómoda guardando un pésimo equilibrio y aliviado de que fuese el agua quien le inundara en lugar de los recuerdos.
El espejo de la vitrina no le devolvió una imagen reconocible ni suya ni de cuanto le rodeaba. Pisó algo duro, molesto. Se inclinó. Hundió el brazo en el agua y sacó un portarretratos. El cristal se había roto. Su esposa y él se abrazaban en la foto, esa parte del tiempo donde serían para siempre recién casados. Se deshizo de los restos del cristal. Rescató la fotografía, con su blanco y negro manchado en tonos sepia por el agua revuelta. Tanteó la vitrina hasta dar con la gaveta donde estaba el dinero. El brazo hundido en el agua. No había previsto nada para paliar el efecto de la marea una vez que abriera la gaveta, y cuando los billetes salieron impulsados y abundantes hacia la superficie y el desorden de la corriente los desparramó por la habitación, tardó en destrabar la mano de la agarradera pendiente del cómplice vaivén, del espontáneo talento de aquellos lobos de mar tendidos sobre el oleaje. Se tiró al agua, creando un desorden de espuma. Alcanzó alguno de los billetes, pero la mayoría ganó distancia. No se resignó. Usó la mano del retrato para proteger el botín y continuó dando zarpazos sobre el agua, salpicando. Se detuvo para orientarse. Algunos billetes alcanzaban la corriente del pasillo. Intentó adelantarse al recorrido impulsando el agua hacia atrás, remando con la mano libre. No fue suficiente. Los billetes surfeaban, multicolores, por encima de las olas. Dio un par de brazadas más amplias, profundas, y los vio retroceder, desviar el curso hacia la pared del fondo. Cuando volvió la mirada, el cuerpo se le iba hacia delante, indetenible. Se sumergió y lo último que escuchó fue su entrada aparatosa en el mundo del fondo. Torcido frente la puerta, obstruyó el curso mientras el peso de la corriente le arrancó los billetes recuperados y el retrato. Se agarró del marco y haló, abrió los ojos bajo el agua, en la ceguera del agua revuelta, y volvió a cerrarlos porque algo le golpeó en el estómago y las piernas a un tiempo. Consiguió arrodillarse. El mismo objeto que le había golpeado le sirvió para ponerse de pie. Se limpió el goteo de las cejas. Lo que había chocado contra él era una silla del comedor. Al soltarla, esta volvió a ceder a la corriente, y salió al patio girando y enseñando rítmicamente, al hundirse y volver a flote, su respaldo.
Hubiese permanecido mirando los billetes con resignada ansiedad, de no haber visto las cartas y el gran sobre amarillo que contenía el título de propiedad de la casa. Cruzó de nuevo la corriente. El nivel aumentaba. Le daba ya por la cintura. «Las cartas de los muchachos», reconoció mientras las recogía. «Faltan muchas», se dijo y miró por toda la estancia. «Faltan por lo menos dos años de cartas». Abrió la ventana y miró fuera pero sólo vio las otras sillas del comedor yéndose, la cortina de baño y el mantel esparcidos sobre el agua, los aviones de plástico que les compraban sus hijos en las tiendas de suvenires de los aeropuertos para que burlase aquel mentiroso miedo a volar. Vio los soldaditos de juguete, el tablero de ajedrez, los antiquísimos paraguas de su esposa. Vio los muebles de mimbre de la sala sentados sobre el agua, con sus mesitas a ambos lados del sofá y sus butacones al frente, la mesa de centro al centro, perdiéndose entre los árboles. Y con amargura recogió el sobre amarillo y las cartas. Las apretujó contra el pecho.
Yendo hacia la entrada de la casa, al estar de nuevo en el corredor, divisó las grietas en la tapia del frente. Atenuó la resistencia avanzando de lado, contra la pared. Donde estaban los cuadros, se inclinaba un poco hacia adelante con la vista fija en las grietas, porque carecía de valor para mirarlos por última vez. Solo se desvío en la sala. Quiso llevarse consigo el gato, pero cuando dio dos pasos de vuelta a la pared el animal maulló, le arañó y de un salto regresó al televisor. No insistió porque lo vio arquearse y estirar la cola, enseñar las garras. El agua superaba la mitad de la pantalla.
La verdadera magnitud del peligro la tuvo en el portal: del otro lado de la verja, el agua se atropellaba hacia adentro, confirmando la mayor altura de la riada en el exterior. «Si entra toda, se va a llevar la casa», dijo, pero de inmediato increpó: «Es imposible. Nada puede llevarse mi casa», y apretó con fuerzas el sobre amarillo observando el alcance de los chorros en las grietas, calculando lo que soportaría la tapia del frente y dónde protegerse del impacto y los escombros. Su última esperanza fue alcanzar el muro colindante, tendido en la misma dirección de la corriente.
Nunca sabría en qué parte del recorrido comenzó a nadar. Ya junto al muro, se asió al borde y comprobó que no daba fondo, que no podía subir las piernas, que le pesaban demasiado.
Portada de la antologíaHoras más tarde, acostado al fin sobre el muro, evitando sus propios espasmos para no caer y justo antes de rendirse, alzó la mirada sobre el mar y vio que las aguas se aquietaban, pero supuso que habían acabado de inundar el resto del mundo. Reposó la cabeza sobre los brazos cruzados. Cuando empezó el estremecimiento desde el portal, recóndito, prolongado a lo largo de las columnas y las paredes, ya había entrado en aquel sueño donde estaba en el pasillo central de la casa, limpia y abierta a la luz, girando despacio con los brazos abiertos.

A.G.C, 2009.