viernes, 5 de agosto de 2011

CASA LLEVADA



Este cuento obtuvo el XIV Premio Internacional JULIO CORTÁZAR de Relato Breve, de la Universidad de La Laguna, en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, España.


para mi Ale

Crecida en Cabaiguán, 2015
Despertó con el rostro en una esquina del colchón. No reconoció el roce del agua en los dedos de su mano izquierda, entumecida desde el hombro, y se reprochó la nueva manía de dormir con el brazo colgando fuera de la cama. Luego fueron las salpicaduras en los tanques del patio, los frutales sacudiéndose, el río acelerado, aliviando en la cocina y saliendo por la puerta trasera.
«Todas las ventanas de la casa están abiertas», recordó. Mientras se calzaba las chanclas, reparó en que la presión de agua debía habérselas llevado, pero no insistió en el absurdo y salió al pasillo con la sospecha de que estaba siendo mojado por el agua más fría de toda su vida.
Avanzó a pasos cortos, pero a la altura de la cocina vio el desastre en los bajos de la encimera: los tarros de aluminio y las tapas de los calderos flotaban a la deriva y chocaban contra la pared. Le invadió una angustia repentina por el refrigerador. «Ahora sí», dijo y decidió dejar los demás dormitorios para después. «De todos modos, allá no duerme ni va dormir nadie en sabrá Dios cuántos meses», y continuó pateando el agua como quien entra en la playa. Pretendía subir el refrigerador en la encimera. Apartó el microondas y empujó la hornilla hasta pegarla al plato y el vaso aún sucios del almuerzo, y entonces comprendió que no rescataría su refrigerador porque había llegado con más de cuarenta años de retraso a este diluvio. «Edad de mierda», dijo y corrigió de inmediato: «Agua de mierda». Se figuró que lo lograría si lo vaciaba. «Cómo les digo a los muchachos que hay que comprar otro», murmuró abriendo la puerta con cuidado, forcejeando con la densidad del agua. Y la luz de siempre no encendió y sólo ahora recordó el sonido inconfundible de la máquina y no pudo escucharlo, y cerró la puerta y se recostó a la pared, y por un acto de póstumo respeto desenchufó el interruptor de la línea eléctrica y le dio dos palmadas de despedida en uno de los laterales. Aun así, antes de salir le puso arriba el juego de cubiertos nacarados que los hijos le habían traído en el último viaje. Y las cortinas, para que el viento no fuese a deshilacharlas.
Creyó escuchar un picoteo sobre el cinc del rancho y dio por sentado que llovían granizos, pero a medida que avanzaba contra la corriente perdió la referencia del sonido porque se acercaba al segundo dormitorio y el viento irrumpía plenamente de ese lado de la casa y alborotaba con ímpetu las minucias plásticas de las lámparas del techo. Antes de cerrar las persianas, contempló el enorme caudal, que le aislaba aún más del resto del vecindario y dejaba por medio un desastre de plataneras partidas, el tenaz raquitismo de los almácigos del cercado y una ausencia ofensiva de flores en la majagua.
En el dormitorio, el agua había superado la altura de las patas de la cama y se ensañaba con el colchón. Levantó los vuelos del edredón pero tuvo la corazonada de que sería inútil y acabó recogiéndolo y dejándolo encima del armario. Ni siquiera se le ocurrió subir también el colchón porque aún arrastraba el disgusto de la nevera.
Al salir, vio el gato empapado sobre el televisor. «Bájate de ahí», le gritó, pero el animal permaneció como una figura de porcelana más y él entendió el desconcierto, la mirada grave, su profunda y felina seriedad. Desde que los muchachos se habían marchado, no le permitía al gato entrar en casa. «Dónde te cobijaste de los otros aguaceros», preguntó. «¿Y la perra? ¿Dónde está la perra?». Y giró en redondo, buscando en la perspectiva. Retrocedió hasta la puerta trasera. En el patio, el agua se arremolinaba feroz, y lo que antes fue la accidentada caída de la terraza hacia los frutales, era hoy una planicie de aguas iracundas. No se atrevió a salir, a navegar hasta al rancho. Dio un chiflido agudo. Dos veces. Nada le indicó que hubiese ninguna forma de vida en el interior. «¿Y cómo le digo a los muchachos que la perra se ahogó?», pensó. «¿Quién va a recibirme cuando regrese del mercado o del doctor, de recoger las cartas de mis hijos? ¿Con quién voy a compartir la lectura de las próximas cartas?».
Estaba en su habitación, donde había despertado en aquella tarde de pérdidas consumadas. Necesitó recostarse a la pared. Dio la espalda al rancho, a la ventana, pero quedó de frente al comedor, a lo que antes fuera el comedor en los tiempos de toda la familia reunida para las tres comidas que mandaba la decencia. Y creyó verlos a todos esperando que él acabase de sentarse, antes de tocar los cubiertos; la inquietud de los niños disimulada con las manos sobre las piernas. El más pequeño, sobre cojines para alcanzar al borde de la mesa, golpeando con los tacones en las patas de las sillas. «Se le mojarán los pies», dijo andando nuevamente, pero enseguida percibió el desatino y corrigió: «El dinero», y torció hacia la cómoda guardando contra la cama un pésimo equilibrio y aliviado por que fuese el agua quien le inundara en lugar de los recuerdos.
El espejo de la cómoda no le devolvió una imagen reconocible ni suya ni de cuanto le rodeaba. El agua pasaba ya por encima de la cama. Pisó algo duro, molesto. Se inclinó. Hundió el brazo en el agua y sacó un portarretratos. El cristal se había roto y el agua arruinaba la fotografía entre el vidrio y el cartón. Su esposa y él se abrazaban en aquella parte del tiempo donde serían para siempre recién casados. Terminó de romper el vidrio. Rescató la fotografía, con su blanco y negro manchado en tonos sepia por el agua revuelta. Tanteó la cómoda buscando la agarradera de la gaveta donde estaba el dinero. Volvió a hundir el brazo en el agua. No había previsto nada apropiado para paliar el efecto de la marea una vez que abriera la gaveta sumergida, y cuando los billetes salieron impulsados y abundantes hacia la superficie y el desorden de la corriente los desparramó por la habitación, tardó en destrabar la mano de la agarradera pendiente del cómplice vaivén, del espontáneo talento de aquellos lobos de mar tendidos sobre el oleaje. Se lanzó al agua de la cama, creando un desorden de espuma. Alcanzó alguno de los billetes rezagados, pero el resto ganaba distancia. No se resignó. Usó la mano del retrato para proteger el botín y dio zarpazos sobre el agua, salpicando. Se detuvo para orientarse. Algunos billetes alcanzaban la corriente del pasillo. Cruzó a gatas sobre la cama e intentó adelantarse al recorrido impulsando el agua hacia atrás, remando con la mano libre. No fue suficiente. Los billetes surfeaban, multicolores, por encima de las olas. Se inclinó más. Dio un par de brazadas mayores, profundas, y los vio retroceder, desviar el curso hacia la pared del fondo. Cuando volvió la mirada al frente, el cuerpo se le iba hacia delante, indetenible. Se sumergió y lo último que escuchó fue su entrada aparatosa en el mundo del fondo. Torcido frente la puerta, obstruía el curso mientras el peso de la corriente le arrancaba los billetes recuperados y el retrato. Se agarró del marco de la puerta de la cocina y haló, abrió los ojos bajo el agua, en la ceguera del agua revuelta, y volvió a cerrarlos porque algo le golpeó en el estómago y las piernas a un tiempo. Consiguió arrodillarse. El mismo objeto que le había golpeado le sirvió para ponerse de pie. Se limpió el goteo de las cejas. Había chocado con él una silla del comedor. Y al soltarla, esta volvió a ceder al empuje de la corriente, y salió al patio girando y enseñando rítmicamente, al hundirse y volver a flote, su respaldo.
Se hubiese mantenido al amparo de la puerta de la cocina, mirando los billetes con resignada ansiedad, de no haber visto las cartas y el gran sobre amarillo que contenía el título de propiedad de la casa. Cruzó de nuevo la corriente del pasillo. El nivel aumentaba. Le daba por la cintura. «Las cartas de los muchachos», reconoció mientras las recogía. «Faltan muchas», se dijo y miró en torno suyo, por toda la estancia. «Faltan por lo menos dos años de cartas». Abrió la ventana y miró fuera pero sólo vio las otras sillas del comedor yéndose, la cortina de baño y el mantel esparcidos sobre el agua, los aviones de plástico que les compraban sus hijos en las tiendas de suvenires de los aeropuertos para que burlase su mentiroso miedo a volar. Vio los soldaditos de juguete, el tablero de ajedrez, los antiquísimos paraguas de su esposa. Vio los muebles de mimbre de la sala sentados sobre el agua, con sus mesitas a ambos lados del sofá y sus butacones al frente, la mesa de centro al centro, perdiéndose entre los árboles. Y con una amargura fulminante recogió el sobre amarillo y las cartas y las apretujó contra el pecho.
Yendo hacia la entrada, al estar de nuevo en el corredor, divisó las grietas en la tapia del frente y le reafirmaron la urgencia por salir. Atenuó la resistencia avanzando de lado, contra la pared. Donde estaban los cuadros, se inclinaba un poco hacia adelante con la vista fija en las grietas, porque carecía de valor para mirarlos por última vez. Solo se desvío en la sala. Quiso llevarse consigo el gato pero, cuando dio dos pasos de vuelta a la pared, el animal maulló y le arañó y de un salto regresó al televisor. No insistió porque lo vio arquearse y estirar la cola, las uñas desafiantes. El agua cubría la mitad de la pantalla.
Sin embargo, la verdadera magnitud del peligro la tuvo en el portal: del otro lado de la verja, el agua se atropellaba hacia adentro, confirmando la mayor altura de la riada en el exterior. «Si entra toda, se va a llevar la casa», pero de inmediato increpó: «Es imposible. Nada puede llevarse mi casa, la de mis hijos», y apretó con fuerzas el sobre amarillo y las cartas observando el alcance de los chorros en las grietas y calculando lo que soportaría la tapia del frente y dónde protegerse del golpe de agua y los escombros. Su última esperanza fue alcanzar el muro colindante, tendido en la misma dirección de la corriente.
Nunca sabría en qué parte del recorrido comenzó a nadar. Tras apoyar los antebrazos en el borde, advirtió que no daba fondo, que movía fácilmente el pie dentro del agua pero, en el espacio desde la superficie hasta el borde del muro, el peso de la pierna se elevaba a una potencia inabarcable y volvía a hundírsele. Agotado, esperó a que el torrente le acercara más al borde.
Portada de la antologíaHoras más tarde, acostado boca abajo sobre el muro, evitando sus propios espasmos para no caer y, justo antes de rendirse, había alzado la mirada sobre el mar y había visto que las aguas se aquietaban, pero supuso que en todo caso se ensanchaban por el mundo y reposó la cabeza sobre los brazos cruzados. Y cuando empezó el estremecimiento desde el portal, recóndito, prolongado a lo largo de las columnas y las paredes, había entrado en aquel sueño donde estaba, en el pasillo central de la casa, limpia y abierta a la luz, girando despacio con los brazos abiertos.

A.G.C, 2009.

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