lunes, 5 de agosto de 2013

EL NUEVO INQUILINO



Este cuento obtuvo una Mención en el IX Concurso Bonaventuriano de Poesía y Cuento, de la Universidad de San Buenaventura de Cali, en Colombia, en 2013.


Antología de la convocatoria del año 2013
Antología de la convocatoria 2013.
Cuando se mudó, lo último que se trajo fue la zapatera del espejo. Era una zapatera sin profundidad y tan alta como él. Pero el nuevo apartamento tenía un armario empotrado, muy completo, con sus divisiones para todo tipo de indumentaria, incluido el calzado, por lo que el mueble entró en una existencia de estorbo suspensivo. Fue así cómo empezó aquello del mundo multiplicado por dos.
La primera semana puso el mueble en la cocina. Todavía le faltaba orden a sus dos calderos, a su juego de vasos y sus cubiertos de divorciado, pero ya se ha dicho que al mueble candidato le faltaba hondura para guardar cualquier cosa que no fueran zapatos inclinados. Además, estaba el hecho de que todas las suelas de su vida de casado se habían escondido en ese mueble después de pisar sabrá dios cuánto abrevadero de mascotas, gente prendida de los perros, gatos, conejos, los barros continuados, y, por mucha lejía que hubiese, la sola referencia a la porquería de tanto pasado no le pareció higiénica ni digna de sus cubiertos de divorciado.
Mientras no lo aceptó, la zapatera y su puerta de espejo estuvieron parqueadas frente al refrigerador. Y tuvo una semana de creerse a merced de una despensa que, a fuerza del doble de lo poco, comenzó a ser más que lo uno solamente. Y se sorprendió tomando el helado con cuchara sopera y haciendo unas tortillas para dos como si no estuviera en medio de aquella soledad, como si conviviera aún con su exposa. Y las manzanas fueron saco de manzanas, y hubo pasteles y más vino blanco por las tardes…
Para cuidar la silueta, acabó sacando de la cocina a la zapatera y a su espejo. Y porque la lejía tienta después de los fracasos… Pero los sacó. Los puso en la sala. En la pared del fondo, a donde iba a morir el pasillo de entrada al apartamento. Y en la sala estaba aquel olivo viejo y encaprichado en no secarse, que había resistido en su otra casa toda la era anterior y que su exposa había tirado al día siguiente de haberlo tirado a él. Lo había recogido por lástimas, jamás por identidad. Y del espejo salía todo aquel significado: lo desteñido que se estaba poniendo el olivo desde que lo habían cambiado de salón. Reinaba una prosperidad de sabana seca, a punto de arder. Y por último, hará una semana, llegó de la calle y se vio ojeroso y marchito él también entre el reflejo de gajos, desde atrás o entre los mismos gajos del olivo. Y cogió la dichosa zapatera y la cargó hacia el dormitorio.
Sabía que el pudor de las antiguas pisadas, las suelas sucias eran un fantasma moral que solamente valía para sus cubiertos de divorciado, pero esa misma noche reconoció el olor a pies de su exposa y a la mañana siguiente se deshizo del resto. Del resto del mueble. De la zapatera en sí.
Tiró el fondo del mueble, pero se quedó con la puerta del espejo por simple y supersticioso homenaje. Y la puso a la larga en el suelo, recostada a la pared, junto a su colchón. Aún no había cama en el nuevo apartamento, así que ni siquiera se molestó en explicarse por qué había acostado el espejo de modo que se veía él mismo cuando se tumbaba en el colchón. Se confió en los ardides, casi ajenos ardides de una época anterior al infortunio de casarse, y si soñaba le salían multitudes de aquel lado. Y era hombre de cuatro padres, cien amigos, cien pesadillas. Y de varias mujeres. Y por primera vez en su vida cumplió su fantasía de mojarse a la vez en diversos olores y sabores. Y empezó a sentir que los cuerpos posibles superaban, aplastaban, saqueaban por superioridad numérica las ruinas de la ingrata que lo tenía viviendo atosigado por un espejo.
Se equivocó. No pasaron dos noches sin que volviera la esposa —más su exposa— y lo sorprendiera con las fulanas esas, tan mal que iba de gustos, daba pena, y se armaran dos desparpajos, dos diretes al cuadrado. Su ex más su esposa no sólo querían su corazón en mil pedazos sino sus tiempos pasados y venideros y sus últimos centavos… Por si cualquier cosa... Y encima, quisieron las exs entrar en la experiencia, mandar en la experiencia y gozar de los sudores y nadar además dentro, fuera, por debajo del agua, pecho, mariposa, estilo libre dentro de la última gota de todos los fluidos.
Al día siguiente, el inquilino levantó el espejo y lo encerró en la toilette.
Todavía no encuentra solución. Sin embargo, le encanta sentarse a dar de cuerpo por las mañanas, y de un modo u otro, ya bien despabilado por culpa del estreñimiento, figurarse menos solo, menos indefenso, semejante y prójimo en el acto de bajarse el pijama. Hasta se ha vuelto a llevar los libros de antes y se demora en el trono blanco manantial de las aguas negras. Sospecha que él mismo puede ser otros otros, en dependencia del libro, de la cena que se tome la tarde anterior y, sobre todo, según lo bien que pueda, mirarse de reojo sin encontrarse con su cara frente a frente.
Ha evacuado hoy sintiendo que lo hacía en el centro de la Biblioteca Nacional. Está orondo y ligero como una modelo parisina. No quiere hacer caso de las únicas suspicacias que le acaban de asaltar: levantarse de madrugada con apuros de vejiga, medio sonámbulo como un correcto, nuevo inquilino; encender la luz; ver aparecer las opciones y, en lugar de al váter de verdad, acabar apuntando al otro, al que se va a empañar si dispara la orina, al que no existe.

A.G.C, 2012.