lunes, 11 de enero de 2016

SOLOS PUNTO CERO



Las sociedades modernas transformaron al pobre de antaño, al miserable histórico, aquel de la suerte dormida.
Para sacarlos de la inopia, hubo que llenarles la vida de nuevos sentidos. Se les mandó a reconstruir las naciones, se les incitó a desarrollar la industria, se les habló menos de la pedantería del progreso, al menos directamente, y tal retórica, la del progreso, quedó prensada en la idea del bienestar consumado y consumible. Luego se ganaron frías guerras y se puso en formol al enemigo externo que tanta cohesión dio al sentido nacional.
Y todo esto lo pagó el miserable del principio. Hubo mucho cruce educativo y mucha, pero mucha, cadena de montaje…
En la lógica del presente, miseria equivale a lacra histórica vencida por el Estado, al hambre en casa, pero hambre remota. Me refiero al hambre “hecho en casa”, de factura nacional. Miserable fue aquel que sufrió de manera factible, constatable. Aquel por quien se canalizaba la empatía misa o calderilla mediante.
Pero un estigma, si es de los auténticos, sangra cuando menos se le espera. El pobre diablo de antes creció, trabajó duro, tuvo algo y lo cedió en últimas voluntades. Así, hoy nos topamos con su heredero, su pariente actualizado: el pestífero de la era del Internet, la telefonía móvil, del mundo virtual y las compras desde el sofá. El solitario punto cero.
Ahora le toca a usted, estimado lector, servirse una buena cuña de fácil asociación: desarrollo tecnológico, igual a solitario compulsivo, crónico, sincrónico, sinfónico… Es fácil pensar ahora mismo en los individuos de los cascos, por ejemplo, esos que van oyendo música, no siempre buena y que, por medio de ese gadget aparatoso, imitan los campos de fuerza de los videojuegos. Pero tales especímenes existieron siempre. Los poetas de siglos anteriores, cuando el miserable era servido a granel, le llamaban, a este tipo de resultados extracorporales, estilo cascos e ir por ahí sin enterarse, «la campana de cristal» o «habitar en una burbuja». La tendencia es más vieja que el hambre (el de antes…). Las asociaciones no pueden hacernos caer en tales facilismos. ¿Quién es, entonces, el Solitario Punto Cero?
Empecemos por diferenciarlo del pirado tecno, del acro al smartphone & cía. Aunque también en ocasiones pueda vérsele con cascos, el solo punto cero carece de música favorita y, por ende, de cantante favorito. Los oye a todos, pero ignora el nombre de aquellos que llegaron después de su salida del armario de los solos sin remedio. No pone fotos suyas en las redes sociales y se las da de inteligente posteando citas de autores que nunca ha leído, en dichas redes. Se masturba reiteradamente y borra cada vez los cookis y el historial de su navegador. Tiene GPS y no sale sin él, pero lo confina en la guantera porque le revienta que algo sepa de antemano el modo de llegar a destino. Usa todavía papel moneda y cree en el trabajo en negro.
El solitario punto cero es, pues, en lo concerniente al píxel, un ser anfibio. Respira fuera del agua pero necesita del agua. Se le seca pronto la piel. Puede ser un acro. Sin embargo, se trata de alguien mucho más complejo aún:
Cambia de trabajo con frecuencia y envidia en secreto la suerte de los funcionarios. Fuma por despecho y bebe porque fuma. Y toma el café sin azúcar. Y baila tango porque nadie en la fiesta reconoce saberlo bailar bien.
Ignora lo que es y lo único que tiene: su soledad. Dice que está bien así, y no adjetiva su estado. Que cuando vivió con fulano o mengana…, y enumera todo lo malo con una facilidad que deja atragantado al oyente con la siguiente exclamación piadosa: «cuánto habrá sufrido, el pobre…». Si es mujer, celebra no tener que lavar calzoncillos de nadie; si es hombre, tener tanto espacio en el armario.
Carece de proyecto comprensible, porque su soledad asumida y relativizada es su proyecto. Adora los cruceros y enviarse a sí mismo postales de Estambul. Se olvida los cumpleaños de todo el mundo, salvo cuando entra en crisis de identidad, que se recuerda hasta del de Dios. Con respecto a este último punto, es de confesión atea, pero adora los vitrales de las iglesias.
Se engurruña en el invierno y lee, lee sin cortapisas lo que pueda ser reflexivo y rápidamente olvidable. Lee arreguindado del tubo en el Metro, lee los carteles, las vallas publicitarias; le causan los bares con nombres excepcionales, los juegos de palabras y los grafitis de colores. Le atrae, en cambio, la moda gótica, pero no se halla con cadenas plateadas saliendo del sobaco y piensa que los pircin son la sífilis de hoy en día: causa de una muerte lenta, encarnación del virus Z que apretuja el cerebro y nos hace andar sin nada que decir, rebelarse sin causa contra la ignorancia de los otros.
El solitario punto cero, descendiente furtivo del miserable decimonónico, respeta a las vecinas, pero las mira por detrás. Hace alguna que otra mueca a los chiquillos de la vecina, pero sólo él entiende que piropea a la madre cuando lo hace. En realidad, le chifla despertarse a medio día los domingos y no a las seis, como hacen los niños de la vecina, y le alegra enormemente estar exento de este tipo de berenjenales con culero. La familia es para él pretexto del consumo desenfrenado y sólo ve sus efectos sobre la dependencia. Y cuando dice esto, ubíquese usted en lo apacible que son sus navidades.
Justo el día 7 de enero, el solo punto cero se aventura y hace las rebajas, aunque se cuidará de no ponerse lo comprado hasta bien avanzado el verano; si es posible, cuando el crucero navega ya en aguas profundas.
Le pica el cuello si los demás llevan bufanda.  
Perdería la lengua por aprender a tocar la armónica y por eso silba escaleras arriba.  
El solitario punto cero le respetará, estimado lector, a usted y a lo que usted represente. Podría sacrificarse por el país que tan cómoda y placentera independencia le dio, pero se niega a reconocerlo. Porque tiene una patria que no fue suya de origen: desciende de un antepasado de conchinchínica y difuminada nacionalidad, y cuando en las noches se reconoce viajando por las tierras de sus ancestros, se siente más ciudadano de acá que los ultras de la extrema derecha. Y a la mañana siguiente, al abrir los ojos, añora el olor del aire en las praderas de la Conchinchina: siente nostalgia de un país que le espera. Lógicamente, reniega de lo que ve por su ventana, del país de verdad.
Antes mencioné aquello de pasársela mal de manera «factible». Dije esa palabra: «factible», que en el contexto venía siendo sufrir de modo constatable. Pero eso, reitero, eso fue antes. Actualmente, ningún bisnieto de miserables asume que le falta lo mismo que a su pariente, pero con la diferencia de comer algo más que mantequilla.
Si hoy algún solitario se tira en el río, la municipalidad le sube la baranda al puente. El sufrimiento del solo punto cero, como carece de sentido, no es constatable. Los miserables mis à jour, update, son seres como usted y como yo, pero con la condescendencia de quienes no deben asumir su condición porque no es preciso autodefinirse.
Si les arrolla el tranvía, revisamos todo el pasado del conductor, sus comidas de la víspera, el grado de alcohol y su afiliación política, mientras se va olvidando el cuerpo abandonado, frío, tieso de la morgue. Si infarta en el parque, allá los bomberos y el Samur. Si se desvanece en el gimnasio, ahí están las comidas basura. Si deja de venir al trabajo, se le llama varias veces, se le envía un correo certificado anunciando las medidas, y se contrata un sustituto. Si se cae del edificio, como no se ha encontrado un argumento para convencer a estos chalados de lo bien que harían tapiando las ventanas, se subraya la vieja hipótesis de los resbalones desempolvando, o se fantasea con transitorias locuras. La demencia de ciertos grupúsculos sociales ha sido siempre una estratagema utilísima, desde tiempos anteriores, incluso, a aquellos donde miserable, el término miserable prescindía de eufemismos de cualquier tipo.
Finalmente, si alguno de los solos punto cero llega a viejo, si lo intenta con la muerte natural y deja que su cadáver sean encontrado en la cama, en el rostro esa disecación inodora y huesuda de niño muerto con la gracia de Dios, la pregunta del boletín de la radio local es cuánto hacía que no se ocupaban del pobre sus parientes.
Los parientes…
Pocos, casi nadie, salvo tú, lector de este post, se detiene por estos tiempos en el binomio pariente y finado, presos de la misma singularidad en universos distantes: dos gemelos de cara diferente rebotando en la misma ascendencia raquítica, propensa, reiterativa de los míseros de antaño.

A.G.C, enero 2016.