domingo, 22 de mayo de 2016

PLASTICIDAD DE LOS ESPANTAPÁJAROS



Búsquese una plaza pública, una pasarela sobre el río. Obsérvese la entrada de una oficina de seguros, el sube y baja en la boca del Metro, las terrazas o el interior de las cafeterías. A la espera de la luz verde, mire por el retrovisor y verá al conductor de atrás hurgándose la nariz y al de al lado bailando, los vidrios subidos.
Vayamos con calma. Demos tres… pasos.
Tres tipos de persona. Acordemos que hay tres tipos de sujetos, de entes documentados, muy nacionales, que embellecen por definición los espacios públicos. No se les imagine montando en zapatos de tacón. No se trata de esos que transportan resinas en el sutil escondite de mamas y asentaderas. Ese tipo de belleza queda al mismo nivel que el todoterreno aparcado donde los minusválidos…
El primer tipo de sujetos —bauticémosle Uno—, ameniza el vacío con su presencia hablando con fuerza y diciendo poco. En su casa, el Uno puede comer de pie la sopa sonando a chupete atronador, de prisa, sopa helada, la nevera aún abierta; pero cuando come fuera solicita imperativamente babero y servicio eficaz. Del restaurante a su casa, nombra al ente opuesto con una amalgama conceptual que podría traducirse como Usted. Uno llama Usted al otro no por educación, sino por dejar claro su propia esencia. Los Usted le observan y es cómo entonces Uno camina su desfile y un comentario es discurso, y una aclaración entrada enciclopédica...
Lo que deslinda a Uno de Usted, pueden ser la religión de la calidad. Al final tienen todos casi lo mismo, pero Uno pagó más que Usted y se hizo el cercado, el acordeón de postes blancos que marca la doméstica frontera, por si las moscas no volaran… Y cada Uno, dominante a su modo y necesidad, honra la genética local con el germen de sus vástagos perfectos.
Preguntémonos cómo un Uno de esos llegó a ser lo que es. Antes que los hábitos, las herencias y el respeto a lo que conviene, Uno fue ego que lamió hacia arriba, pisó hacia abajo, minimizó sus impuestos haciendo énfasis en la necesidad del impuesto de aquellos a los que trataba de usted. Uno en gestación, preencarnado en el abuelo, apoyó campañas en áfricas y judíos palestinajes. Al descender de la carroza, creyó que dejaba atrás a los rotos, incompletos que no llevaban con clase un simple bombín. Los egos de Uno evolucionaron, reiteremos, convirtiendo en justo un momento equis: aprovechando, eludiendo y estimulando después el cuento del privilegio por argucia divina.
Y hoy, como ayer, abundan prototipos de Uno a la búsqueda de su palestinaje personal. Estos conforman el tipo dos de sujetos: el protouno.
El Protouno toma el transporte público y expía su culpa con argumentos verdes, medioambientales excusas de manual de clase media. Va al súper, mira los precios asequibles y ahí está el índice glucémico para calmar lo que no se está en condiciones de pagar a la marca estrella, mientras en casa —por si acaso la atrevida mirona de la próxima soirée va y abre la despensa—, espera a ser rellenado un frasco con la etiqueta socialmente correcta… El Protouno decora y viste retro debido a que, según ellos, ha de amarse todo lo que encierra una historia. Temen quedarse verbalmente en la clase que les atrapa, que les retiene siempre “de momento...”. Si está apurado, pide a la banca y se le devalúa la vida en otro dos por ciento, pero eso queda en el confesionario familiar. Papá y mamá, por suerte, no sobrevivirán al Estado Benefactor. Mientras y en público, ni siquiera defeca porque su organismo es una máquina perfecta para la felicidad.
Dicha evolución, llegar de Protouno a Uno, es tan silenciosa que ha de cimentarse en estirpes sucesivas. El Protouno debe reajustar el tiempo. Creérselo. Le esperan la punta de la dinámica de Alejandría, un puesto encima de la Karka Porta, el viaje hasta la lengua de los cubiertos de plata, el ejercicio de cada ministerio, las sales de baño y los planes de pensiones con el cual van a desmarcarse definitivamente del resto, del Usted, llegada la hora.
Para Usted quedan los manuscritos apócrifos, la insoportable ingravidez del cero, el ajuste de la cadena del váter, la poesía cabaiguanense, el periodismo hecho en Camajuaní, la viagra, el equilibrismo…
Los tres, tanto el Uno, el Protouno y el Usted son de un especial despierto: huyen de persistentes, perseguidores campos de maíz. Son espantapájaros: están sembrados en la misma instancia, no crearon el mundo pero se creen que estarán para siempre en él. Los tres se deshilachan al viento, enmohecen cual descansadero de los mismos pájaros que espantan. A esto añadamos que, fundamentalmente, donde se posa un pájaro, se termina cagando un pájaro.
Búsquese una plaza, una pasarela sobre la vía férrea. Obsérvese la entrada de un cine. El sube y baja en las atracciones del parque central, y percíbase la profunda vergüenza de ser como no se es, de desear ser visto como se quiere ser… Y esto es una mentira tan eficazmente alimentada que su verdad resulta obvia. Sólo hay que mirar bien y callarse. Callarse porque en cualquiera de los tres tipos, lo que late palpable y amordazado o difuso, insuficiente pero verbal al fin y al cabo, es el mismo corazón de hace miles de años. El mismito. Ordinario y previsible. Aunque todos aspiren a que cualquier otra cosa mejor lo haga en su lugar…

A. G. C., 2009-mayo, 2016.

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