domingo, 12 de junio de 2016

TABURETE EN EL CASTILLO




© Amaurys García Calvo, 2016.
verde que era sueño verde
siendo verde
viaje
campo que se vuelve traje
de memoria
sin empeño
sin la isla va el isleño
con la palma
el arrabal de su pecho es un costal
vacío costal ahumado
para ahogarse al otro lado
de la llanura
abisal

© Amaurys García Calvo, 2016.

A. G. C., junio de 2016.

martes, 7 de junio de 2016

EL AVANCE DE LAS DERECHAS



© Amaurys García Calvo, 2016.
Y con la misma, se acuerda del reloj perdido veinticuatro años antes, un día de paseo por el bosque tras un retortijón de estómago. El detalle del tiempo transcurrido es lo de menos. El hombre se viste, sale y penetra en el bosque. El recuerdo del retortijón le agudiza el olfato.
No tarda en encontrar el sitio donde se hubo agachado aquel día. Entonces era joven. Le gustaba dar de cuerpo sin tensiones en las muñecas, de ahí que se quitase el reloj.
Rebusca en los matojos de los alrededores.
Y aquí es donde las derechas entran en juego. Como en las regiones desfavorecidas la gente no olvida los relojes ni para cagar, este cuento no va dirigido a los pobres. Y como, al mismo tiempo, a día de hoy en la mayoría de las naciones desarrolladas se desconfía del realismo mágico, no es coherente terminar el cuento con el hombre encontrando su reloj, aún funcional, en la hora exacta, colgando de la rama de un árbol, veinticuatro años más tarde.
Por tanto, aunque haya encontrado el sitio gracias al olfato, vuelve a casa para meterse en la cama y dejar a un lado las trampas del recuerdo.
Cierra los ojos.
No tarda en escuchar el segundero...
Se vale, pues, a modo de ovejas saltando la valla, de sus tres viejas de cortar el hipo: un romántico, un soldado y un nacionalista. Y consigue dormirse.
Si en sueños sigue riendo es porque el subconsciente sí que no logra deshacerse de los relojes que esperan colgando de los árboles. 

© Amaurys García Calvo, 2016.

A. G. C., 2016.

sábado, 4 de junio de 2016

CABEZA DE RIESGO



© Amaurys García Calvo, 2014.
Durante mi adolescencia, en los frecuentes viajes a Sancti Spiritus, me estuvo llamando la atención un cartel a la orilla de la carretera. Era de unas dimensiones casi colosales. Sus mismas palabras las encontré veinte años más tarde, allá por Fomento: "Si hay comida para el pueblo, no importan los riesgos". Firmado...
Y veinte años después, ya sin hielos ni pelotones, europeando, revelando el cliché me enfrento de nuevo a la matraca verbal y me atrae la cabeza guillotinada, el que no estén, frente al objetivo, más que esta cabeza y la imagen del cuadro, al fondo. La gente da la espalda o se ladea. Por el azar del instante, la gente de verdad se despersonaliza. Son nadie y son todos a la vez.
Después de pensar en mi padre cuando dice: "Si no hay comida para los puercos...", etcétera, etcétera…; superado el momentico patiótico (no es un error: me vi de pronto en el patio de mi casa en Cuba, frente a los corrales), me pregunto: «¿Qué riesgos? ¿Cuáles podían ser esos riesgos antes y cuáles ahora? ¿Riesgos de afuera?...».
Pero ya no hay hielo, no hay pelotones, he dicho. Y esto es Europa. Y está Orwell. Allá, junto al cartel aparatoso, durante mi adolescencia Orwell y su granja estaban prohibidos. Me digo, pues: «¿Y si el riesgo, el verdadero, para los que inventan lemas siempre estuviera dentro?».

© Amaurys García Calvo, 2014.

Sobre la presente entrada, © A. G. C., 2016.