viernes, 1 de julio de 2016

SERVICIADOS



Esta ficción iba a formar parte del LOS NIÑOS IMPUNES, pero "de pronto llegó el doctor"...


© Amaurys García Calvo, 2016.
Dicen que debemos la terapia al esfuerzo de nuestros padres, que soportaron los rigores de la guerra para que no nos faltara de nada… Pero en este mismo instante hay mil guerras por ahí; técnicamente, las sobrevivimos. Hoy evitamos la muerte por honor, como antes hicieron nuestros padres. Y como ellos, vamos y volvemos de la huelga, y tenemos mil domingos desparramados en el césped del parque. Por tanto, asumimos sin reverencia el derecho de nacimiento a la terapia. Tenemos incorporado el derecho, esa Prestación Sexual a cargo del gobierno, de la que tanto abusan los profesores que miran por encima de las gafas, los que diagnostican de oído, los meditadores del fondo del autobús… Los que ahorran. Los de las barritas dietéticas. Los adictos a los pañuelos de papel, que culpan al polen si son mirados de frente. Los que se hunden en el mar con el cigarro encendido y piensan que inhalan humo en lugar de agua, y que es agua lo que les moja mientras lloran.
Cuando la amargura se convierte en una tos inversa, ahí está la Seguridad Social. Pides cita. Siempre buscan una razón de índole física. Tengo como un espacio, como un aire en el pecho, dices. ¿Es usted alérgico al látex? Totalmente, respondes. Y mientras la funcionaria toma nota, sigues: una lástima, la verdad, pues mi sabor preferido es la vainilla; me sienta mal aunque fluoresca, el látex. ¿Le sirve a las tres y treinta de la tarde?, dirá la funcionaria. Maravilloso, dirás tú, que esas cosas abren el apetito y a las cuatro es la hora de merendar. Y a menudo te piden que no llegues tarde y más nada, sin vaselina, y te cuelgan. Y hasta las tres y pico. Y uno va. Y luego está la terraza, los amigos, que a fin de cuenta la política se ha hecho para despotricar y aplaudir: que si aquel doctor tan mandinga tenía un lunar rojo en la cabeza… Que si era bueno el terapeuta tuyo. Amigo, es un reloj con estetoscopio; te paso su número.
Y así vamos como las guerras: de un profesional a otro. Y sin costo en especie, al menos que lo parezca. No se pagan las consultas, al contrario de con los putos del mercado negro, más baratos porque no cotizan. A lo sumo la funcionaria habrá metido la Tarjeta de Salud en una especie de datafono y que se mejore, tome, los caramelos son de menta, buenísimos para la garganta…
Siendo sinceros, esto va más allá de profesores, viajeros de autobuses, fumadores debajo del toldo, de los seres de los gimnasios y los que ahorran. Nunca faltan los aprovechados de la Seguridad Social. El servicio es, por concepto, Universal, como los Derechos Humanos y el repelús que provocan los cadáveres con los ojos abiertos. Tú sólo llamas y te conciertan sesiones de terapia. A fin de cuentas, el autobús es para todos pero todos no cabemos delante. Y en cualquier barrio hay un gimnasio. Y algo hay que hacer mientras vienen las soluciones profundas, las poéticas de verdad. A menudo hasta llega uno a pensar que el fin es la terapia en sí misma.
Nacimos con ello, con el progreso incorporado. No le demos más vueltas. Nadie, ni yo mismo, fíjense, digo que el alivio fue concertado antes que la propia urgencia. Nos va tan bien con eso de que nuestros padres nos hubiesen ligado el polvo…

© Amaurys García Calvo, 2016.

© A. G. C., 2013.