miércoles, 21 de septiembre de 2016

LA CARA NORTE




Esta ficción forma parte de LOS NIÑOS IMPUNES.

© Amaurys García Calvo, Lisboa, 2016.
Hubo un tiempo en que ponían un ventilador para apurar el deshielo, pero los niños les llamaban antes del amanecer con un hambre vieja y atrevida. Ahora no. Ahora dejan que se descongelen solos. El cartero timbra en la calle y la madre sale. Regresa con el Borrador de la Renta abierto. Entonces el padre va hacia la habitación de los niños y hala los cables de cada congelador. De ese modo alargan la última noche en paz del año fiscal.
A la mañana siguiente, cuando los padres se acercan a comprobar, los niños exhalan un hálito como salido de nevadas montañas. Un vaho continuo. El del medio, como de costumbre, tiene los ojos abiertos, aunque ausentes. Así que la madre puede esmerarse con las tostadas, sus chocolates espesos, los bocatas del picnic. Hasta que, uno a uno, los tres acaban por darse los estirones y bostezos de volver al mundo, tan monos en sus lechos casi tibios ya. El padre, que ha permanecido vigilando mientras llena las casillas del Borrador, avisa. La madre corre, se apoya emocionada en el pomo de la puerta. Y es como volverlos a alumbrar, como sentirlos apretar las manitas por primera vez, como ser cómplices de las succiones, los buches, las palmadas y los gases perdidos.
La euforia dura poco.
Con el picnic prometido a cambio de una buena conducta en la oficina del fisco, el padre redime cualquier rebelión durante el desayuno. Salen a su hora, temprano, para adelantarse a las jubiladas.
El ujier los reconoce. Los saluda con entrega. Se asombra, como siempre, de que vengan los cinco. Les invita a no hacer cola, por los niños, que seguro no hay a quien dejar. Envalentonado por el favor que hará a la familia dejándoles pasar sin pérdida de tiempo, le comenta al padre lo despacio que crecen los niños en la actualidad.
—Lo mismo pasa con mis nietos —concluye.
El ujier los acompaña hasta el cubículo del contable. Los deja a merced de él. Les invita a sentar, aunque sólo hay dos sillas. Los adultos agradecen a coro las gracias de ambas partes. El contable no protesta la sobrepoblación de su cubículo, pues los niños juegan en silencio sobre la alfombra. Se explaya con los padres. Recita las deducciones en el ajuste de los próximos pagos, celebrando la media unidad de más que reporta el hijo pequeño, la unidad entera que reporta el mediano, con esos ojos tan vivos, y la del otro, faltaba más. Bajo el cristal de la mesa, tres gorditos sonríen tres muecas de niños de compota.
Firmada la declaración, es preciso esperar el visto bueno. También vendrá a vuelta de correos, lo cual puede ocupar varias semanas. Entretanto, el padre empieza las reformas en la habitación de los niños. Enjuaga a fondo los habitáculos de los congeladores, unta las esquinas de óxido rojo, los pone a secar en el balcón. Para que pasen las noches, la madre les monta a sus retoños colchones de espuma en el parqué, y pernoctan los hermanos hombro con hombro bajo una sábana anaranjada, como nunca imaginando los tres juntos la orilla de un lago, las fogatas, las chispas picándoles en la piel, el canto de los indios…
La familia celebra el visto bueno con una cena copiosa, muy típica, y la madre procura aliviar el desconcierto del mediano con su tarta favorita. Sólo va quedando negociar las mensualidades del total impuesto, operación que ha de resolverse vía telefónica. El padre promete encargarse hoy de este último trámite.
Por si acaso, demoran hasta finales de mes para recoger el campamento, la plenitud de soldaditos y caballos de plástico emboscados en los zapatos, en las fundas de las almohadas o dentro del armario. Pero en cuanto la hacienda pública retira de la cuenta familiar los primeros estipendios y los padres comprueban que coinciden con las cifras negociadas, el aire puro se acaba y son los mismos niños quienes ayudan a acomodar los congeladores. Ellos mismos los conectan. A los pies de cada camastro-congelador, los niños disponen de unas gavetas minúsculas, remozadas por el manitas de papá. Ahí guardan los tres sus retratos, las cintas de video de cuando aprendieron a caminar, los dientes de leche, los brazaletes del materno, los cordones umbilicales, tiesos casi por el efecto del formaldehido.
Esa noche es la más dura. Les cuesta conciliar el sueño con una tapa encima. Tosen. Les crepitan con tanta fuerza los dientes que a menudo parece salir del dormitorio una estampida de focas. Hace algunos años, por aliviar sus temores, el padre consiguió que la luz de los congeladores se mantuviera encendida a pesar del cierre de las tapas. Pero ni así cesaron las protestas del mediano: detesta que le cubran los pies. Se los desabriga, con furia. Y luego amanece con esos ojos abiertos. Se le llenan de una catarata de pez ciguato.
Pero pasada esa noche, reina en el hogar un silencio sólido. Cuarenta y ocho horas, ni una más, después de haberse conectado nuevamente las neveras, comienza para los esposos la primera noche en paz del año fiscal.


© Amaurys García Calvo, Lisboa, 2016.


© A. G. C., septiembre, 2016.
El autor, en Facebook:https://www.facebook.com/AGarCal
Este blog, en twitter:https://twitter.com/venagarcalia

domingo, 18 de septiembre de 2016

ESTATUS DEL CONTRAPESO





La vendedora de ayudas
te señala en la calle
pone entre tu camino y tú
el muro de sus marchitos
buscones ojos verdes.
Hay rabia en el corte de pelo
abrigo de lana sobrando
en el sol vespertino hacia tu casa.
La vendedora recita
somos
y su plural indica que estás dentro de su hambre
cómo puedes ir y no sabernos
somos
y a cambio de muy poco
ni tú ni yo matamos de nada.
Tú escuchas los niños se mueren
ahora y ahora
en la distancia
y mañana y mañana si alguien pudiera contarlo
y tú escuchas y están sus ojos
su ola replegada
viniendo
pájaros
chalupa vaivén en la cresta del agua
la carpeta azul el impreso la foto del niño famélico
entre los dos
vivo mientras el bolígrafo señale
o el sudor de la vendedora no marchite la chalupa
la cresta
la carpeta con el impreso.
A cambio de muy poco
ni tú ni yo moriremos de nada…

El mundo fosforecía
y un abrigo con una mujer
salvaba niños ajenos
y tú preguntaste a cuántos no insinuó
a cambio de muy poco
ese niño y yo continuaremos por nada
de modo que
al final
nunca lograste un verso digno de los ojos de la vendedora
ni mereciste el bolígrafo en sus labios
dijiste no perdamos el tiempo
tocaste su hombro
y ella lo retiró ignorando que tú
solamente
querías tocar su abrigo.


A. G. C., 2009.

viernes, 9 de septiembre de 2016

PARA TOCARTE, ALE, TOCARTE





Diez mareos de glorieta
junta hoy el ángel mío
besosol
el mundocrío desbordado en su paleta
un decenio en la veleta
señalando
hacia
su olor
oh       ángel fecundador
musaraña de cariño
toma un arrurú
mi niño
toma un arrurú…


Gateando estás
fierecilla
por el ala de un avión
te vas
del retortijón hacia el vientre de mi arcilla
me montaste una guerrilla
en la escuela del dolor
en la flor sobre la flor
de palabras va
este guiño-renta de arrurú
mi niño
sueldo de arrurú…


Diez veces fueron manzanos
las farolas del jardín
tuyos todos
chiquitín
septiembre baja las manos
y sonríen los enanos
tu falta es su alrededor
al fondo del cundiamor
queriéndote no destiño nunca
tu arrurú
mi niño
nunca
tu arrurú…


A. G. C., septiembre 2016.

sábado, 3 de septiembre de 2016

EL CINE EN VICEVERSA



Esta ficción pertenece (ya) a CUENTOS BREVES Y ORDINARIOS, MUY ORDINARIOS, un libro que nunca se termina.

© Amaurys García Calvo, Sevilla, 2016.
Se paga allá donde el barbero. Se marca sillón, luego es la sábana alrededor del busto, a un centímetro a partir de la línea del pelo, la que vulgarmente se llama “el corte”; comentario del partido del domingo… En ciertos países, hasta se puede escoger champú, antes. El afilado en la lengua de piel, por parte del barbero, sigue siendo lo más universal.
Cuando éste sube el volumen de la radio, se entiende que ha llegado la hora.
Hay gente que levanta la cabeza con valor. Mira por fin el espejo del frente y el mismo, el espejo, se abre enseguida hacia el espejo del fondo, que a su vez vuelve hacia el del frente con su propio par contenido. Los tres rebotan y retornan siendo ya seis. Y así, cual pelota de yaquis, proyectado, el múltiplo de la talla del todo se mete hacia adentro y se hace, allá a lo lejos, un simple punto.
Como ya no se trata de una cabeza sino de un punto, y no puede haber en ella más que un punto de dolor, el barbero suelta la lengua y corta de golpe. El punto cae del fondo al espejo del frente. Del frente, rumbo al espejo del fondo. Los puntos avanzan hacia afuera. Crecen y, con ello, el dolor que encierran. Y los condenados retribuyen, infinitas veces, en carne propia, el daño que hicieron, hasta que la cabeza original se desprende, rebota en el suelo…
Esto se ha contado ya mil veces, de mil maneras: matrioska, muñeca rusa, mise en abyme… No obstante, si el punto continúa el movimiento inicial, una inercia interior, siempre más dentro de lo dentro, hasta perderse en el fondo del reflejo, los condenados reciben la gracia. Se paran y se van sin pagar.
Tales economías facilitan el viaje de las novias a los cines.

© Amaurys García Calvo, Sevilla, 2016.

© A. G. C., septiembre, 2016.
El autor, en Facebook:https://www.facebook.com/AGarCal
Este blog, en twitter:https://twitter.com/venagarcalia