jueves, 27 de octubre de 2016

DILEMA PARA DEJAR MORIR UN BONSAI





Alguien dejó en mis manos
un árbol
y dijo que el amor duraría como la vida en el obsequio.
Mas los presagios no tuercen
continúan el cauce
y el árbol murió
sin remordimientos
su de repente anunciado.
Hoy
cuando aquel cauce deriva
en ese punto que se marcha
pienso
cuán extensa pudo ser la otra vida del árbol
qué aromas
si mirando el otro punto posible
este
pudiera decir
alguien soltó en mis espaldas un cauce
y creyó que el amor
ese todo pétreo
inabarcable
se perpetuaría en el impulso.


A. G. C., 2005.

domingo, 23 de octubre de 2016

MIRADAS DE DOBLE TONO



Lire la VF de cette nouvelle, ici : LES DEUX COULEURS DU REGARD.


© Amaurys García Calvo, Porquerolles, 2014.
Una vez al año, nos intercambiamos el ojo izquierdo. Sin mucha ceremonia. Llegado el instante, inclinamos las cabezas y nos palmeamos el cogote. El ojo ajeno de cada cual, salta de su órbita hacia la manos, como los ojos de vidrio de los tuertos convencionales antes de irse a la cama.
El quita y pon es indoloro y rápido. Se tarda más en pasar el ojo usado a quien resulte para el ejercicio fiscal siguiente. Y todos tomamos el ojo sustituto evaluando cómo el ojo que una vez fue nuestro, aquel ojo original, de nacimiento, que cedido fue al inicio del hábito, es acogido en la palma de la mano de su nuevo portador. Se le brinda al ojo que llega la misma candidez que reciba el nuestro allá donde sea. Y superado el trámite, lo hundimos en nuestra cavidad vacante, y lo acomodamos empujando. Resbalan los dedos sobre el párpado. Hasta que podemos abrir. Y recibimos el golpe de la diferente perspectiva, la que nos manda el ojo original, ojo viajero. Acoplamos la perspectiva a la de nuestro ojo de siempre, el derecho, tan fiel, sostén del aquí y el ahora, e ignoramos a propósito la tan corriente heterocromía, ese fenómeno de iris ámbar con iris azul, de iris verdes junto a negros, de iris grises con rojos…
Huelga dejar constancia del instante pavoroso: si no sentimos el calor de una palma en nuestro ojo distante. La misma suerte que nos trae una perspectiva cambiada, que nos ha otorgado antes una media visión de algún lugar remoto…, la misma suerte que nos lleva a jugar a estar allá estando aquí, en un allá incontrolado, que no rompe los bolsillos ni se pierde en lejanos aeropuertos, puede acabar en tu contra. Cada año hay nuevos propietarios en tu edificio o en otro, allá por donde tu ojo ande. Todos corremos el riesgo de las ventas, los alquileres o los embargos a cifras impares. El equilibrio entre las cuencas y los ojos disponibles es muy frágil. Y puedes ser tú el que se tenga que conformar con una sola mitad en su visión, la derecha, la mitad fiel. Porque el ojo que no halla órbita el día del cambio, según la Ley de Propiedad Horizontal, es guardado en una gaveta de la oficina gestora de fincas. La misma ley que penaliza los ojos en vasos de agua, para evitar los atisbos refractados, tan propios de los peces… La misma ley que prohíbe el abuso del viento de perfil en la montaña, la espuma en los ojos a la hora del baño, las licencias de los optometristas, el humo de la polución, disparar a la cara, contemplar a la esposa a la hora del amor… Nadie, sabido es, cumple sus obligaciones conyugales con una sola pupila dilatada, enorme de placer y otra cuenca vacía, el nervio óptico latiendo ahí, ansioso, a la vista de la amada desnuda. Esa ley, Constitución de la República del Doble Tono, controla incluso el derecho a reclamar los ojos de las gavetas, del mismo modo que imputa a los atrevidos que procuran hacerse de un tercer ocular, el dichoso día del trueque de los ojos. El alivio de ese año en la semioscuridad es que nadie nota lo del tuerto convencional, tuerto normalito, tuerto de verdad, tú, con tu ojo engavetado, prueba viviente de que se puede ser tuerto aun llevando un par de ojos. Porque ha sido tu ojo el de la mala suerte, no tu cuenca disponible. Habrás merecido un ojo en la rifa. Y ahora no te queda más que la costumbre, en la cual acaba pareciendo la oscuridad un sueño también convencional, un sueño profundo y constante.

Lire la VF de cette nouvelle, ici : LES DEUX COULEURS DU REGARD. 
© Amaurys García Calvo, Porquerolles, 2014.
© A. G. C., noviembre, 2013.
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sábado, 22 de octubre de 2016

LES DEUX COULEURS DU REGARD



Traduction: François Depassio.
Volver a la versión española de este cuento.
D'autres nouvelles en VF : LA FACE NORD. 


© Amaurys García Calvo, Porquerolles, 2014.
Chaque année, on échange son œil gauche. Rien de très solennel. Le moment venu, on incline la tête et on se frappe légèrement sur la nuque. L’œil étranger sort de son orbite pour atterrir dans la main, comme l’œil de verre que les vrais borgnes enlèvent avant de se coucher.
La manipulation est rapide et indolore. Le plus long, c’est de le remettre à la personne qui le portera pendant la prochaine année fiscale. Chacun reçoit l’œil de remplacement, tout en restant attentif à la manière dont son ancien œil (l’œil originel, reçu à la naissance, et cédé au commencement de la coutume) est recueilli par la paume de la main du nouveau propriétaire. On reçoit le nouvel l’œil avec la même délicatesse que le nôtre recevra, où qu’il soit. Après quoi, on l’enfonce dans la cavité vacante, les doigts glissent sur les paupières. Enfin, on peut ouvrir les yeux et on est frappé par la nouvelle perspective transmise par l’œil originel, l’œil voyageur. On synchronise cette perspective avec celle de l’œil fixe, le droit, fidèle compagnon d’ici et maintenant et on s’efforce d’ignorer l’hétérochromie généralisée : ces iris ambre et azur, verts et noirs, gris et carmin…
Inutile d’évoquer cet instant de frayeur : si l’œil nomade n’est pas recueilli par la chaleur d’une main. Car elle peut tourner cette chance qui t’a doté d’une perspective nouvelle, qui t’a offert un lointain demi-paysage… cette chance qui t’autorise à jouer à être à la fois ici et là-bas, ce là-bas qui échappe à ton contrôle, qui ne te coûte rien et qui ne se perd pas dans des aéroports lointains. Chaque année, de nouvelles personnes occupent ton immeuble ou un autre, là où se trouve ton œil nomade. Nous sommes tous exposés aux ventes, locations ou saisis à chiffres impairs. L’équilibre entre les orbites et les yeux disponibles est très fragile. Et ce pourrait bien être ton tour de devoir te contenter de la moitié d’un champ de vision, la droite, la moitié fidèle. Car, d’après la loi sur la propriété horizontale, l’œil ne disposant pas d’orbite le jour de l’échange est consigné dans un tiroir du bureau de gestion des propriétés. Cette même loi n’autorise pas que l’on plonge les yeux dans un verre d’eau, pour éviter la vue réfractée des poissons… Elle proscrit le vent de profil en montagne, le savon dans les yeux, les licences d’ophtalmologie, les nuages de pollution. Elle interdit de tirer des coups de feu au visage ou de contempler son épouse lors l’acte amoureux… Comme chacun sait, personne n’accomplit ses devoirs conjugaux la pupille dilatée d’un côté, énorme de plaisir, et de l’autre une orbite béante, le nerf optique battant la chamade pour sa bien-aimée dévêtue. Cette loi —La Constitution de la République Hétérochromique— régit aussi le droit de réclamation des yeux consignés et stipule que quiconque oserait se procurer un troisième œil le fameux jour du troc pourra faire l’objet de poursuites judiciaires. Pour te consoler de cette année en clair-obscur, dis-toi que ce borgne lambda, ordinaire, ce vrai borgne —toi— passe inaperçu malgré son œil consigné, preuve irréfutable que l’on peut être borgne en ayant ses deux yeux. Car c’est ton œil qui t’a porté malheur et non ta cavité béante. Tu auras bien mérité de gagner un œil à la loterie. Mais pour l’instant, tu dois te contenter de l’habitude, où l’obscurité finit par ressembler à un rêve ordinaire, lui aussi, un rêve profond et permanent.

Traduction: François Depassio.
Volver a la versión española de este cuento.
D'autres nouvelles en VF : LA FACE NORD. 
© Amaurys García Calvo, Porquerolles, 2014.
© A. G. C., noviembre, 2013.
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miércoles, 12 de octubre de 2016

MEDIA NARIZ




Esta es la decimotercera ficción de LOS NIÑOS IMPUNES.

© Amaurys García Calvo, Burdeos, 2016.
Respirar saneadamente es un propósito antiguo. Se dice pronto: respirar, respirar..., pero cada inspiración sigue teniendo su precio, sus comisiones por demora, su cobrador de deudas.
Para existir sin sobresaltos —esto es andar despacito, evitar los recuerdos que ponen el pecho a millón…—, cada día hacen falta unas veinte mil inspiraciones. Así que miras a esos que corren por las tardes, que viven en un ático o pasan las noches en clubes donde ofertan colocones de oxígeno, y crees que son los ignorantes de la realidad. Pero no. Ajustándose a la suya propia, los solventes hacen como si la ajena no existiese. Pero también para ellos, cada inspiración cuesta. También saben que si no cumplen… Ellos pagan como tú y como yo. Pagan por lotes. Y pueden descuidarse de la calderilla y de los resoplidos incómodos. Pueden enfriar el té con esa boca de culo de pollo, apuntar la exhalación contra la superficie humeante. Pero lo hacen porque creen avivar la economía. Gastando, hacen circular el capital. Están hiperventilados de altruismo.
En cambio, los hay que intuyen plenamente que llamar «inflación» al precio del dinero, es un contrasentido mercantil. Estos son capaces de demostrar que el coste de cada inspiración no está regulado, por simple casualidad, por el tipo de interés al cambio. Saben que nada cayó del cielo. Que ciertos vientos trajeron estas tempestades. Son legión, pero legión que no aviva el fuego porque para eso le haría falta más que un suspiro. Desperdigados, sin cabeza, este grupo compra la comida envasada al vacío, come los espaguetis al tiempo, compra los globos de colores al fabricante mismo, directamente, y les conmueve hasta el delirio el asana que le queda por aprender.
Luego encuentras los que no llegan a fin de mes. Respiran menos, obviamente: despedidos, divorciados con la hipoteca a medias, alquilados de protección oficial... Se les da muy bien lo de aguantar la cachada y contar sabrá Dios hasta cuánto. Siempre están a un paso de donar un pulmón en el mercado negro, pero el día del cambalache recuerdan lo que se aguanta respirando por una pajita. Muy duchos en genealogías, no se saltan una Navidad en casa de los padres. Sueñan con una herencia. Un sueño nítido, tanto que casi puede tocar el soplete automático de sus sueños. El artilugio es como esos que los bancos han puesto de moda para cambiarte el líquido usando una tarjeta. Con una de estas, llega el dormido hipotecado al soplete y chupa del terminal todas las noches. Lo único que posee es este sueño y le es fiel, lo cree, más que nada, porque le sale sin falta, a dos pasos del distribuidor, la misma rumana en apnea.
Se niega a entender que esa rumana es el vínculo entre lo que ahora es él y la velocidad superior. Nunca se han dirigido la palabra y, por tanto, él ignora de dónde viene esa mujer, pero se la impone rumana para no ver la caterva nacionalista que, como ella, le acogerá en sus filas si continúa acumulando intereses: la mano estirada en cualquier esquina de la ciudad, como quien prueba si llueve o no, los ojos cerrados, el pecho aguantando su natural propensión a ser y sólo ser pecho normal. La caterva pide a la salida de los supermercados, morada, boqueando como los peces contra el vidrio del acuario, y lo más terrible es que a menudo viene esa pregunta que deja a uno cianótico a fuerza de callarla. Le deja morado como la caterva, pero de indignación. ¿Por qué no buscarse un trabajo? ¡Con lo fácil que es escribir un cuento...!
Porque tenemos la prestación por desempleo y eso alivia. Pero cualquiera sabe de los mil curritos que hay por la izquierda: la mudanza de algún funcionario, por ejemplo. Con lo que dan por limpiar un jardín o con los premios literarios, no parece tan duro respirar un par de miles de veces más. No es la panacea, pero es algo. ¿Cómo se las arreglan los pensionistas, pues? Cierto que el seguro de vida manda un aventador a domicilio, con penca de última generación, desnudo y aceitado, a los clientes de más de treinta años que acaban de jubilarse. Pero la gran mayoría de los que pagan un seguro de este tipo, acostumbran a ahogarse antes de tiempo.
¿Cómo respiran los pensionistas normales?
Uno se los imagina así, torcidos como quien quiere toser habiéndose olvidado de la técnica.
Por suerte, queda el beso, ese ejercicio de clemencia boca a boca mediante. Lo dan en los parques, en los comedores comunitarios, en los centros de acogida. Besan sin recato lo mismo voluntarios que enfermeras, lo mismo una viuda rica que un boy scout. Y se salvan vidas con los labios exprimidos. Y se lucen herpes con un orgullo de Legión de Honor.
Todo esto, sabido es, no es suficiente. Más allá de las ayudas sociales, los hay que no pueden administrar bien ni un chiflido. Que se les va como el aire el aire de sus vidas. Lívidos antes de tiempo, perecen los asmáticos crónicos que no hicieron bien los deberes en la escuela y confundieron suma con resta, multiplicación con división.
Y en estos casos, las costumbres de acá van un paso por delante respecto a las de otras naciones. No usamos ni lenguajes trascendentes ni los siete crisantemos. Sin rencores, a los que tacañearon el último aliento pensando que iban a escaparse en él, a los que se asfixian por no pagar, se les practica un tipo de cremación sin coste, cero por ciento, y se guardan las cenizas en urnas marcadas con etiquetas que recuerdan a las de la cerveza sin gas.

© Amaurys García Calvo, Burdeos, 2016.


© A. G. C., primavera, 2016.
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