miércoles, 12 de octubre de 2016

MEDIA NARIZ




Esta es la decimotercera ficción de LOS NIÑOS IMPUNES.

© Amaurys García Calvo, Burdeos, 2016.
Respirar saneadamente es un propósito antiguo. Se dice pronto: respirar, respirar..., pero cada inspiración sigue teniendo su precio, sus comisiones por demora, su cobrador de deudas.
Para existir sin sobresaltos —esto es andar despacito, evitar los recuerdos que ponen el pecho a millón…—, cada día hacen falta unas veinte mil inspiraciones. Así que miras a esos que corren por las tardes, que viven en un ático o pasan las noches en clubes donde ofertan colocones de oxígeno, y crees que son los ignorantes de la realidad. Pero no. Ajustándose a la suya propia, los solventes hacen como si la ajena no existiese. Pero también para ellos, cada inspiración cuesta. También saben que si no cumplen… Ellos pagan como tú y como yo. Pagan por lotes. Y pueden descuidarse de la calderilla y de los resoplidos incómodos. Pueden enfriar el té con esa boca de culo de pollo, apuntar la exhalación contra la superficie humeante. Pero lo hacen porque creen avivar la economía. Gastando, hacen circular el capital. Están hiperventilados de altruismo.
En cambio, los hay que intuyen plenamente que llamar «inflación» al precio del dinero, es un contrasentido mercantil. Estos son capaces de demostrar que el coste de cada inspiración no está regulado, por simple casualidad, por el tipo de interés al cambio. Saben que nada cayó del cielo. Que ciertos vientos trajeron estas tempestades. Son legión, pero legión que no aviva el fuego porque para eso le haría falta más que un suspiro. Desperdigados, sin cabeza, este grupo compra la comida envasada al vacío, come los espaguetis al tiempo, compra los globos de colores al fabricante mismo, directamente, y les conmueve hasta el delirio el asana que le queda por aprender.
Luego encuentras los que no llegan a fin de mes. Respiran menos, obviamente: despedidos, divorciados con la hipoteca a medias, alquilados de protección oficial... Se les da muy bien lo de aguantar la cachada y contar sabrá Dios hasta cuánto. Siempre están a un paso de donar un pulmón en el mercado negro, pero el día del cambalache recuerdan lo que se aguanta respirando por una pajita. Muy duchos en genealogías, no se saltan una Navidad en casa de los padres. Sueñan con una herencia. Un sueño nítido, tanto que casi puede tocar el soplete automático de sus sueños. El artilugio es como esos que los bancos han puesto de moda para cambiarte el líquido usando una tarjeta. Con una de estas, llega el dormido hipotecado al soplete y chupa del terminal todas las noches. Lo único que posee es este sueño y le es fiel, lo cree, más que nada, porque le sale sin falta, a dos pasos del distribuidor, la misma rumana en apnea.
Se niega a entender que esa rumana es el vínculo entre lo que ahora es él y la velocidad superior. Nunca se han dirigido la palabra y, por tanto, él ignora de dónde viene esa mujer, pero se la impone rumana para no ver la caterva nacionalista que, como ella, le acogerá en sus filas si continúa acumulando intereses: la mano estirada en cualquier esquina de la ciudad, como quien prueba si llueve o no, los ojos cerrados, el pecho aguantando su natural propensión a ser y sólo ser pecho normal. La caterva pide a la salida de los supermercados, morada, boqueando como los peces contra el vidrio del acuario, y lo más terrible es que a menudo viene esa pregunta que deja a uno cianótico a fuerza de callarla. Le deja morado como la caterva, pero de indignación. ¿Por qué no buscarse un trabajo? ¡Con lo fácil que es escribir un cuento...!
Porque tenemos la prestación por desempleo y eso alivia. Pero cualquiera sabe de los mil curritos que hay por la izquierda: la mudanza de algún funcionario, por ejemplo. Con lo que dan por limpiar un jardín o con los premios literarios, no parece tan duro respirar un par de miles de veces más. No es la panacea, pero es algo. ¿Cómo se las arreglan los pensionistas, pues? Cierto que el seguro de vida manda un aventador a domicilio, con penca de última generación, desnudo y aceitado, a los clientes de más de treinta años que acaban de jubilarse. Pero la gran mayoría de los que pagan un seguro de este tipo, acostumbran a ahogarse antes de tiempo.
¿Cómo respiran los pensionistas normales?
Uno se los imagina así, torcidos como quien quiere toser habiéndose olvidado de la técnica.
Por suerte, queda el beso, ese ejercicio de clemencia boca a boca mediante. Lo dan en los parques, en los comedores comunitarios, en los centros de acogida. Besan sin recato lo mismo voluntarios que enfermeras, lo mismo una viuda rica que un boy scout. Y se salvan vidas con los labios exprimidos. Y se lucen herpes con un orgullo de Legión de Honor.
Todo esto, sabido es, no es suficiente. Más allá de las ayudas sociales, los hay que no pueden administrar bien ni un chiflido. Que se les va como el aire el aire de sus vidas. Lívidos antes de tiempo, perecen los asmáticos crónicos que no hicieron bien los deberes en la escuela y confundieron suma con resta, multiplicación con división.
Y en estos casos, las costumbres de acá van un paso por delante respecto a las de otras naciones. No usamos ni lenguajes trascendentes ni los siete crisantemos. Sin rencores, a los que tacañearon el último aliento pensando que iban a escaparse en él, a los que se asfixian por no pagar, se les practica un tipo de cremación sin coste, cero por ciento, y se guardan las cenizas en urnas marcadas con etiquetas que recuerdan a las de la cerveza sin gas.

© Amaurys García Calvo, Burdeos, 2016.


© A. G. C., primavera, 2016.
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