domingo, 5 de marzo de 2017

UN FERRI EN EL MUELLE


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Nuestro viajero se ladea contra la ventanilla. Estira un poco las piernas y cierra los ojos. Desde los puertos hasta el centro de las ciudades, todo es para él yates, chalupas, contenedores, estatuas… El microbús parte en dos el muro de la noche y nuestro viajero acaba por subir los pies en el asiento.
Es el último en bajarse. En intentarlo, al menos. Alarga el alivio del aire acondicionado, hasta que no quedan dentro del microbús más que el conductor y él.
—Usted tendrá que pagarme doble, amigo —dice el conductor en cuanto nuestro viajero se acerca.
—¿Y ese honor a qué se debe?
—Bueno, usted ha venido ocupando dos plazas.
—Eso es una broma, ¿no?
—No, señor —dice el conductor—. Usted ha traído los pies en el asiento de al lado…
—Por cierto —interrumpe nuestro viajero—, las sandalias nunca tocaron la tapicería.
—Menos mal. Y por eso mismo va a pagar nada más las dos plazas.
—Pero ¿y los demás pasajeros...? Había más de un par de asientos con una sola persona y usted no le ha pedido a nadie que pague doble.
—¿Usted venía dormido, verdad? —dice el conductor—. ¿Cómo puede saber si los otros han venido sentados como Dios manda o torcidos como usted?
—Uno —dice el viajero—: cerrar los ojos no siempre es dormir. Y dos: no metamos a Dios en esto...
—Es mi taxi y aquí meto yo a quien quiera. Usted ha ocupado dos plazas, ¿no es así?
—Sí y no —dice el viajero soltando el bolso en el pasillo. Continúa: —Cierto que una parte de mí ha estado en un asiento y, la otra, en el de al lado. Pero lo normal es pagar por la persona, no por las partes…
—Muy gracioso —dice el conductor—. Se ve que usted no es de acá. La policía está ahí mismo, al doblar. Ya verá usted las cuentas que echamos aquí.
El microbús se cierra de un tajo, incluso antes de que el conductor se reacomode al volante.
—La policía… —murmura el viajero.
—¿De dónde viene usted…?
—Apague el motor —dice el viajero—. ¡Apague el motor!
Nuestro viajero se vuelve a sentar, ahora en la fila más cercana al conductor. Saca del bolso una mágnum 50. El revólver está aún en su funda, pero sobresalen el cañón y la mira. Con el conjunto revólver-funda, el viajero, más que apuntar, señala hacia el conductor como quien muestra un guante de albañil curtido en hormigón.
—¡Tampoco es para tanto! —dice el conductor levantando como un resorte las manos, juntando los pies, los ojos enormes.
—Puede que sí lo sea —dice el viajero—. Usted iba a llevarme a la policía.
El conductor, con la cabeza, asiente mientras niega pronunciando varios no en ráfaga. Una línea de noes rítmica, ajustada al oscilar de la cabeza.
—¿Y qué es la policía? —insiste el viajero.
—Pues no sé. Nunca me hago esas preguntas…
—El orden, estimado conductor. ¿Y los agentes que van a recibirnos…? —El viajero se recuesta, siempre estira los pies y, sobre ellos, la mágnum en apariencia descuidada. Continúa: —¿Los agentes son de por acá? Son de «la tierra», ¿no?
—Paisanos la mayoría, sí.
—Pues el Orden, en este caso, es «vuestro» orden.
—¿Qué quiere que le diga…? Yo…
—Que es «vuestro» orden, que es parcial, que corre por cuenta de «la casa».
—Es lo que yo digo. Perdón, lo que usted dice…
—No sea tan cobarde, hombre. Estamos conversando. Mire: usted trae a cuento una parcialidad viciada. Lo hace por dos veces: al cobrar y luego al amenazarme con sus vecinos policías o sus policías vecinos; como le guste: conciudadanos, paisanos. Como le venga en ganas… Bueno, pues yo también poseo mi parcialidad. Se la presento.
El percutor hace un ruido similar al del monedero del conductor cuando ha dado el cambio a los demás pasajeros minutos antes: un ruido de metales que rozan, se desplazan y dejan sitio a otros metales.
—Ahora sí que no entiendo —dice el conductor. Si me deja de apuntar, a lo mejor…
—Al contrario, se entiende mejor con una pistola delante. ¿O aquí en su isla la policía va desarmada?
—Ni para el café en el bar.
—Y ustedes comprenden rapidito cuando la policía les habla, ¿cierto? Pues ahora me va a entender a mí… Usted iba a secuestrarme…
—¿Secuestrarle? —interrumpe el conductor.
—Está clarísimo —dice el viajero—. O por lo menos, lo contrario no lo está. ¿Cómo sé que en verdad iba hacia «su» comisaría y no hacia una granja abandonada, a entregarme a sus cómplices…?
—Acá no hacemos eso. Somos gente seria —dice el conductor—. Gente de trabajo.
—Y ahora parece que es condición el ser de «acá» para ser serio. Y hace nada aseguró usted que yo no era de «acá». Me acaba de decir que no le parezco lo bastante… ¿De dónde saca usted que yo no sea serio, es decir, de «acá»?
—La pinta —dice el conductor—. Cuando imaginé que no era usted de acá, lo hacía por la pinta que tiene. Los pantalones cortos, los guantes y las sandalias…
—¿Tampoco se ponen sandalias por aquí? —dice el viajero.
—Pues sí… Pero ninguno lleva un bolso de piel cuando anda en sandalias. Y mucho menos guantes. Y luego el acento…
—El acento —dice el viajero—… Eso puede imitarse.
—Con el perdón: siempre se nota algo.
—¿Y si fuera de por acá y estuviera imitando a los de afuera?
El viajero señala con el mentón hacia la noche. La diferencia de altura entre el parque y el puerto les brinda un panorama de líneas rectas en el cual sobresale el ferri, gigante dormido en el muelle. El viajero confirma la sensación que tuvo una hora antes, desde la plataforma de ese ferri. La ciudad está extrañamente iluminada. Casi no hay farolas más allá de las plazas públicas. Parece una ciudad envuelta en un rocío de salitre que mana de sus farolas.
—¿Usted conoce mundo? —dice el viajero mientras acaricia los grabados de la funda.
—No pague —dice el conductor—. Váyase tranquilo y aquí no ha pasado nada.
—Sí que ha pasado. O va a pasar. Por ejemplo: usted me ha visto. Sabe que voy en sandalias, que llevo guantes y un bolso de piel. Y que puede que no sea serio…, bueno, de «acá», porque imito a los turistas… ¿Ha salido alguna vez de acá? ¿Ha cogido antes ese ferri o no?
—Mil veces.
—¿Y le dan en todas partes el mismo trato que usted da aquí?
—Pues mire que no es muy diferente —dice el conductor—. En unos lugares saludan más, en otros menos, pero no pague para que vea la cara que le ponen.
—O sea, no son educados fuera —dice el viajero.
—Educados sí. Eso es otra cosa…
—Es lo mismo. La educación, el trato…
El viajero saca al fin la mágnum de su funda.
—Todo tiene que ver —dice.
—¿No he sido yo educado con usted?
—A su manera, supongo. Nada más ha intentado robarme, secuestrarme… O estafar, secuestrar y luego… Por cierto, ¿cómo acaban las historias estas por «acá»? ¿Qué venía después?
—No había después, señor.
—¿Cómo que no había después? —El viajero suelta la funda en el interior del bolso—. ¿Iban a matarme, usted y sus policías amigos de la infancia?
—¡¿Y eso, de dónde lo saca?!
—De usted mismo. ¿Cómo interpreto que no haya después? Siempre hay después. Por ejemplo, si ahora le soltara usted iría a por sus amiguitos, me denunciaría. Luego se montaría un operativo, una redada, aspavientos, y para justificar el gasto en el presupuesto municipal, dirán luego que se busca a un criminal de calibre, armado y extranjero…
—¡Por mis hijos le juro que chitón, que punto en boca! ¡Por mi madre que esto muere aquí...!
—Ve —dice el asesino—. Ha dicho que esto muere aquí… Usted mismo lo ha pedido.
—¿Qué va a hacer? ¡No vaya a matarme…! ¡No, por un asunto de una plaza en un taxi!
—¡Vaya!, conque ahora es una plaza nada más…
—¡Las plazas que usted quiera…!
—Una plaza. Era una sola plaza.
—Pues una… —dice el conductor.
—Pero voy a matarlo de todas formas. Usted quiso desde siempre que yo lo matase hoy. Yo venía muy tranquilo, iba a pagarle y ha sido usted quien me ha hecho sacar «mi» orden.
Hasta ahora, con una mano solamente, cerrando el pulgar, el anular y el meñique y apenas encogiendo los dedos restantes, el viajero ha dibujado en el aire cada una de las comillas. Pero esta vez usa también la mano del revólver. El revólver, en concreto. Una vez arriba, la mano libre abre las comillas, si se mira desde el viajero hacia el conductor, y las cierra con la otra mano, con el revólver en una caída larga hasta acabar sobre las piernas.
—Tengo dos hijos —dice el conductor—. ¡Y viene otro en camino!
—¡Tres! —Dice el viajero—. ¡Madre mía! ¡Tres niños! A lo mejor por eso trabaja de noche. Para dormir de día y ni enterarse. Pero..., ¡¿cómo se puede ser tan cabrón teniendo tres hijos?!
—Es la época. Temporada baja. No viene casi nadie por acá. Mala, la cosa está muy mala…
—Eso no es culpa mía. Arréglese con los demás si no vienen. Yo estoy aquí. Yo he sido fiel y, encima, iba a ser su víctima. Por suerte, puedo meterle un pedazo de esta mágnum entre los ojos para que aprenda a vivir justo de lo que da un taxi… ¡Apague las luces! Hagámoslo con elegancia. Las manos, bien arriba. ¿Lo mato aquí o prefiere en la calle?
—Aquí no —dice el conductor—. Aquí no, que luego hay que limpiar todo… Máteme en la calle, sobre el césped…
—Ah, qué romántico. Veremos. Las cosas no son siempre como a uno le da la gana. ¿Esto tiene radiocasete?
—¿Quiere el radiocasete?
—Pero usted… ¿Por quién me toma? —dice el asesino.
—Se lo puede llevar, es extraíble.
—¡Me está diciendo ladrón! ¡Me está llamando usted ladrón! —el asesino se pone de pie, se agarra de un tubo del techo y se estira sobre el conductor.
—Los discos están en la guantera —susurra este último, la cabeza contra el vidrio, el volante clavado en el costado.
—Se acaba usted de quedar sin césped —le susurra a su vez el asesino.
—Con la radio basta —continúa—. Me sirve cualquier emisora.
—¡Súbala, hombre! —grita.
—Cierre los ojos —dice finalmente—. Apriételos bien. Lo más fuerte que pueda. Ya verá que así le dolerá menos.
De tanto apretar los párpados, los pómulos, cada músculo, a nuestro conductor se le mezclan los ruidos de su presión ocular y el de la radio. Le acaban doliendo los hombros.
Se toca la frente, por precaución, y ya de paso se seca el sudor, mira dentro del microbús, hacia el edificio de la Gubernatura; de nuevo dentro, y ahí está. El bolso sigue al pie de la primera fila de asientos. Está abierto. Estirando el pie, nuestro conductor lo toca con la punta del zapato, hasta que es capaz de levantarse y revisar dentro.
Empuñando la mágnum, sale del microbús. Mira detenidamente hacia los callejones. Revuelve la oscuridad. La luz, enredada en las farolas a causa de la niebla, está suspendida: esferas sobre la plaza. El conductor se aleja lo suficiente como para que al volver, del edificio de la Gubernatura, le lleguen las huellas de cascajos en las paredes. Las ha visto toda su vida, pero esta noche percibe el color más íntimo de la piedra. Nuestro conductor tiene un recuerdo de peces descamados.
Patea el bolso antes de apretar el botón de la puerta y comienza a pensar en la Policía. Tenían que saber. Le harían poner una denuncia. Lo que demoraba eso de las denuncias... Pero un tipo como aquel viajero es peligro. No todos los turistas vienen a por el pulpo y la cerveza en las terrazas del mediodía.
Sale con una primera marcha menos larga y ronca que la segunda. Dobla muy ajustado la esquina, sin dejar de preguntarse cómo puede alguien desaparecer tan rápidamente. ¿O ha estado él tanto tiempo con las manos en alto? Bastante, supone. Los hombros. Aún le duelen los hombros. Y cuando el panel de la Gendarmería refleja la luz del microbús, se imagina el asombro con el que sería recibido. Porque bien puede creerse que sí, que es él… La prueba está a su lado: al pie de su asiento, un bolso de piel con una mágnum 50. Basta con decir un revólver. Una línea impersonal y sin mucho detalle. Lo demás puede ser una cara de pánico, una declaración sumaria, una llamada del cónsul, una entrevista del periódico local a la víctima, ese turista de los tantos que a menudo llegan por las tardes, en el último ferri.

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© A. G. C., noviembre, 2015.
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UN FERRY A QUAI



Traduction: François Depassio.
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D'autres nouvelles en VF : LA FACE NORDLES DEUX COULEURS DU REGARD. 


Notre voyageur se penche vers la vitre. Il étire une peu les jambes et ferme les yeux. Pour lui, entre les ports et les centres-villes, tout n’est que yachts, canots, conteneurs, statuts… Le bus traverse le mur de la nuit et notre voyageur finit par mettre ses pieds sur le siège.
C’est le dernier à descendre. Ou plutôt, à essayer. Il prolonge le soulagement de l’air conditionné jusqu’au moment où il ne reste plus que lui et le chauffeur dans le bus.
— Vous allez devoir payer double tarif, chef  dit le chauffeur lorsque notre voyageur s’approche.
— En quel honneur ?
— Eh bien, vous avez occupé deux places.
— C’est une blague, n’est-ce pas ?
— Non, Monsieur, dit le chauffeur. Vous avez mis les pieds sur le siège d’à côté…
—Oui —interrompt notre voyageur — mais mes sandales n’ont à aucun moment touché la housse.
— Encore heureux. C’est pour ça que vous n’allez payer que deux places.
—Mais, les autres passagers…? Il y avait plusieurs banquettes occupées par un seul passager, et vous n’avez demandé à personne de payer double.
—Vous dormiez, n’est-ce pas? — dit le chauffeur—. Comment pouvez-vous savoir si les autres sont restés assis de manière orthodoxe ou s’ils se sont avachis comme vous ?
—D’abord — dit le voyageur—: fermer les yeux, ce n’est pas dormir. Ensuite : Dieu n’a rien à faire là-dedans...
—C’est mon bus et je mets qui je veux dedans. Vous avez occupé deux places, oui ou non ?
— Oui et non — dit le voyageur en lâchant son sac dans le couloir. Il continue: j’avoue qu’une partie de moi était sur un siège et l’autre sur le siège d’à côté. Mais d’habitude on paye par personne, et non par morceaux de personne…
—Très drôle — dit le conducteur. Ça se voit que vous n’êtes pas d’ici. Le commissariat est juste là, au coin de la rue. Vous allez voir ce qu’on vous fera payer là-bas.
Le microbus se ferme tout à coup, avant même que le chauffeur n’ait pu reprendre le volant.
—La Police…— murmure le voyageur.
— Vous venez d’où ?
— Coupez le moteur — dit le voyageur. Coupez le moteur !
Notre voyageur se rassoit, cette fois dans sur les sièges les plus proches du chauffeur. Il sort de son sac un magnum 50. Le revolver est encore dans son étui, mais le canon et le viseur dépassent. Avec cet étui-revolver, le voyageur ne tient pas vraiment en joue le chauffeur, mais il le désigne comme avec un gant de maçon tanné par le béton.
— Ne nous énervons pas ! dit le conducteur en levant les mains comme un automate et serrant les jambes, les yeux écarquillés.
— Et pourquoi pas ? — dit le voyageur —. Vous alliez me conduire à la police.
Le chauffeur fait oui de la tête tout en prononçant des non en rafale. Une ligne rythmique de non, calée sur les mouvements de tête.
— Mais c’est quoi finalement la police ?  insiste le voyageur.
— Je n’en sais rien. Je ne me pose jamais ce genre de questions…
— L’ordre, monsieur le chauffeur. Et les agents qui vont nous recevoir…?  Le voyageur se recule en étirant les jambes, sur elles le magnum apparemment sans surveillance. Les agents sont du coin ? – continue-t-il. Ils sont du « cru », pas vrai ?
— Oui, des gens du coin pour la plupart.
— Eh bien l’Ordre, en l’occurrence, c’est « votre » ordre.
— Que voulez-vous que je vous dise…? Moi, je…
— Que c’est votre ordre, qu’il est partial, qu’il roule pour la « maison ».
— Oui, c’est ce que je dis. Pardon, c’est ce que vous dîtes…
— Ne soyez pas si lâche, allons. Nous sommes seulement en train de discuter. Ecoutez : vous faites preuve d’une partialité vicieuse. Et ce à double titre : en me faisant payer et ensuite en me menaçant avec vos policiers voisins ou vos voisins policiers ; ou si vous préférez : concitoyens, compatriotes. Comme vous voudrez… Eh bien, moi aussi je possède une partialité. Je vous la présente.
Le percuteur émet un bruit semblable à celui de la caisse du chauffeur quand il rendait la monnaie aux autres passagers quelques minutes auparavant. Un bruit de métaux qui se frôlent, se déplacent et qui laissent place à d’autres métaux.
—Là je ne comprends plus rien  dit le chauffeur. Si vous arrêtez de braquer votre arme sur moi, peut-être…
— Au contraire, on comprend mieux avec un pistolet sous le nez. Les policiers de votre île ne portent pas d’armes?
— Toujours, même pendant la pause café.
— Ici, quand la police vous parle, vous comprenez vite, n’est-ce pas ? Eh bien maintenant, vous allez me comprendre, moi… Vous alliez m’enlever…
— Vous enlever ? — interrompt le chauffeur.
— C’est plus qu’évident  dit le voyageur. En tous cas, le contraire ne l’est pas. Comment être sûr que vous alliez m’emmener à « votre » commissariat et non dans une ferme abandonnée pour me livrer à vos complices…?
— Nous ne faisons pas ça ici. Nous sommes des gens sérieux  dit le chauffeur. Des gens qui travaillent.
— Et maintenant il faut être d’ici pour être sérieux. Et vous venez d’affirmer que je n’étais pas « d’ici ». Vous venez de me dire que je ne vous ressemble pas assez… D’où sortez-vous que je ne suis pas sérieux, c’est à dire pas d’ici ?
— Votre tenue  dit le chauffeur. Je me suis dit que vous n’étiez pas d’ici à cause de votre tenue. Le short, les gants, les sandales…
— Vous ne portez pas de sandales ici peut-être ?  dit le voyageur.
— Si… mais personne ne porte un sac en cuir avec des sandales. Et encore moins avec des gants. Et puis votre accent…
— Un accent  dit le voyageur … Ça peut s’imiter.
— Oui, mais il ne se perd jamais complètement.
— Et si j’étais d’ici mais que j’imitais un accent d’ailleurs
Le voyageur signale du menton vers la nuit. Le dénivelé entre le parc et le port leur offre un panorama de lignes droites d’où jaillit un ferry, géant assoupi sur le quai. La sensation que le voyageur a ressentie une heure avant depuis la plateforme de ce ferry se confirme. La ville est étrangement illuminée. Il n’y a presque pas d’éclairage au-delà des places publiques. Comme une ville enveloppée dans un brouillard de salpêtre émanant des lampadaires.
— Vous avez vu du pays ?  dit le voyageur tout en caressant les motifs sur les housses brodées.
— Ne payez pas  dit le chauffeur —. Allez-vous-en tranquillement, il ne s’est rien passé.
— Mais si, il s’est passé quelque chose. Ou alors il va se passer quelque chose. Par exemple : vous m’avez vu. Vous savez que je porte des sandales, des gants et un sac en cuir. Et il se peut que je ne sois pas sérieux… enfin pas « d’ici », parce que j’imite les touristes… Êtes-vous déjà parti d’ici ? Avez-déjà pris ce ferry, oui ou non ?
— Des milliers de fois.
— Et on vous a toujours reçu comme ici?
— Eh bien en fait, ce n’est pas très différent  dit le chauffeur-. Dans certains endroits, on vous salue plus, dans d’autres moins, mais si vous essayez de resquiller et vous verrez la tête qu’ils feront.
— Donc, ailleurs, les gens sont mal éduqués  dit le voyageur.
—Ils sont bien éduqués, mais ce n’est pas pareil…
— Si. L’éducation, la courtoisie…
— Tout est lié  dit-il.
— Je vous ai manqué de respect ? Je vous ai mal parlé ? — dit le chauffeur.
— Dans votre style, je suppose. Vous avez simplement essayé de me voler, de m’enlever… ou de m’arnaquer, de m’enlever, pour ensuite … D’ailleurs, comment terminent ces histoires par « ici » ? Qu’est-ce qui allait m’arriver ensuite.
—Il n’y avait pas d’ensuite, monsieur.
— Comment ça ? — Le voyageur jette l’étui dans le sac—. Vous alliez me tuer, vous et vos policiers amis d’enfance ?
— Mais d’où vous sortez ça ?!
— Je tiens ça de vous. Comment dois-je comprendre qu’il n’y pas d’ensuite ? Il y a toujours des ensuite… Par exemple, si je vous libérais vous iriez chercher vos amis, vous me dénonceriez. On organiserait ensuite une opération, une battue, avec des hélicoptères, et pour justifier les dépenses du budget municipal, on dirait qu’on recherche un grand criminel, armé et étranger.
— Sur la tête des mes enfants, je ne dirai rien, pas un mot. Je serai une tombe, je vous le jure sur la tête de mère !
— Vous voyez — dit l’assassin—. Vous venez de dire que vous serez une tombe… Vous l’aurez voulu.
— Qu’est-ce que vous allez faire ? Ne me tuez pas ! Non, pas pour une place dans un taxi.
— Tiens-donc ! Alors maintenant ce n’est plus qu’une place…
— Le nombre de places que vous voudrez !
—Une place, c’était seulement une place.
— Oui, une… — dit le chauffeur.
— Mais de toutes façons je vais vous tuer. Vous vouliez depuis le début que je vous tue aujourd’hui. Moi j’étais tranquille, j’allais payer ma place et c’est vous qui m’avez fait sortir « mon » ordre.
Jusqu’à présent, d’une seule main, joignant le pouce, l’annulaire et l’auriculaire, et levant à peine les autres doigts, le voyageur dessinait dans l’air chacun des guillemets. Mais cette fois il se sert aussi de la main qui tient le révolver. Ou plus précisément, du révolver. Vu de derrière le voyageur, la main libre ouvre en l’air les guillemets, et l’autre main les ferme, avec le révolver dans une longue chute s’achevant sur ses jambes.
— J’ai deux enfants — dit le conducteur — et il y en a un troisième en route !
— Trois ! — dit le voyageur ! Nom de Dieu ! Trois enfants ! C’est peut-être la raison pour laquelle vous travaillez la nuit. Pour dormir le jour et laisser faire les autres. Mais… comment peut-on être aussi con quand on a trois enfants ?!
— Les temps sont durs. C’est la saison basse. Il n’y a presque personne par ici. Ça va mal, très mal…
— C’est n’est pas de ma faute. Voyez ça avec les autres s’ils ne viennent pas. Moi je suis là. Je suis resté fidèle et en plus, j’aillais finir en victime. Heureusement, je peux vous mettre un petit bout de ce magnum entre les yeux pour vous apprendre à vivre avec un salaire de taxi… Eteignez les phares ! Faisons ça élégamment. Levez bien les mains. Je vous tue ici ou vous préférez dans la rue?
— Pas ici — dit le chauffeur. Pas ici, après il faudra tout nettoyer… Tuez-moi dans la rue, sur le gazon…
— Ah, quel romantisme ! On verra, les choses ne sont pas toujours comme nous le souhaitons. Vous avez un radiocassette ?
— Vous voulez le radiocassette ?
— Mais enfin… Pour qui me prenez-vous ? — dit l’assassin.
— Vous pouvez le prendre, il est amovible.
— Vous me traiter de voleur ! Vous être en train de me traiter de voleur ! — l’assassin se lève, attrape la barre du plafond et se jette sur le conducteur.
— Les disques sont dans la boîte à gants — susurre celui-ci, la tête contre la vitre, et le volant clouer dans les côtes.
— Vous venez d’être privé de gazon — lui susurre l’assassin.
— La radio me suffit — continue-t-il—. N’importe quelle station fera l’affaire.
— Plus fort, allez — crie-t-il.
— Fermez les yeux — dit-il finalement —. Fermez-les bien. Le plus fort possible. Vous verrez, vous souffrirez moins.
A force de contracter les paupières, les pommettes, chaque muscle, les bruits de sa pression oculaire et la radio finissent par se mélanger en lui. Il finit par avoir mal aux épaules.
Il se touche le front par précaution et s’éponge la sueur au passage, il regarde à l’arrière bus, vers le palais du gouvernement puis de nouveau à l’arrière du bus, il est bel et bien là. Le sac est encore aux pieds de la première rangée de sièges. Il est ouvert. En étirant la jambe, notre conducteur le touche avec la pointe de la chaussure, avant de se lever et de regarder à l’intérieur.
Il sort du microbus le magnum à la main. Il scrute les ruelles. Il remue l’obscurité. La lumière, emmêlée aux lampadaires, est comme suspendue : des sphères planant sur la place. Le chauffeur s’éloigne assez pour percevoir en revenant de palais du gouvernement l’état de délabrement des murs. Il les voit depuis toujours, mais cette nuit il perçoit la plus intime couleur de la pierre. Notre chauffeur se souvient de poissons écaillés.
Il donne un coup pied dans le sac avant d’appuyer sur le bouton de la porte puis il commence à penser à la police. Ils devaient savoir. Ils lui feraient porter plainte. Ça prendrait du temps de porter plainte… Mais ce voyageur est dangereux. Tous les touristes ne viennent pas uniquement pour le poulpe ou la bière en terrasse à midi.
Il démarre, la première est moins longue et moins rauque que la seconde. Il tourne sèchement au croisement, tout en se demandant comment quelqu’un peut disparaître aussi rapidement. Est-il resté si longtemps avec les mains en l’air ? Suffisamment, suppose-t-il. Ses épaules lui font encore mal. Et quand le panneau de la gendarmerie se reflète sur le microbus, il imagine l’étonnement avec lequel il serait accueilli. Car on pourrait bien croire que c’est lui… La preuve se situe à côtés de lui : au pied de son siège, un sac en cuir avec un magnum 50. Il suffit de dire un révolver. Une ligne impersonnelle et sans détails. Ensuite, il suffirait d’une mine effrayée et une déclaration sommaire, un appel au consulat, une interview de la victime par le journal du coin, ce touriste qui arrive comme tant d’autres dans l’après-midi par le dernier ferry.

Traduction: François Depassio.
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© A. G. C., noviembre, 2015.
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jueves, 16 de febrero de 2017

DILEMA DE ESTAR EN PARÍS Y NO ESTAR


© Amaurys García Calvo, París, 2016.
Qué será cuando acaben de faltarme
los que ya me faltan.
En las noches de París
brillan suposiciones de náufrago
el hambre
pensar que rayando el vidrio
un hombre vive y ayuda a vivir
el hambre de los míos no iba a terminarse
[ con mi marcha.
Esta manía puente colgante
sobre las calles
sobre un verso
de tragarme el frío de París y llorarlo
como un hombre que a pesar de sus enormes abrigos
se muere de frío
y termino pensando
frente al café humeante
qué sería si volviese

París no cree en el destino
no permite
volver del todo hacia atrás y querer
de nuevo
a los que ya no te aman
ni amar del modo que merecen los que aún te piensan.

© Amaurys García Calvo, París, 2016.


A. G. C., 2008.

viernes, 27 de enero de 2017

POEMITA PA’IR TIRANDO



© Amaurys García Calvo, Lyon, 2013.
A lo largo de su espuma de su piel
resurjo
frente a la ventana
ahí está 
cálido
mi sofá y yo nos entendemos
repasamos la lista
tenemos tiempo para apellidos
cumpleaños
los eventos que bordan
la condición del inútil
el sofá me tiñe su mente de blanco.
No hay imagen novedosa
ni hasta aquí
ni en lo adelante.
Se puede soltar pues
el “schu” propio de gente elevada
¡shúuuuuuu!
shúuuuuuu de lástima.
El pacotillero poético
ese adicto a la metáfora
gruñe a mi entelequia del sofá-hombre
y su menosprecio está casi justificado
pero mi sofá y yo punteamos
de vuelta
al inútil conceptual
a ese que no puede emitir dulcemente un “shu”
al insalvable
que lamenta
que se retuerce 
derechito
que añora y esconde
en alguna parte
su propio sofá.

© Amaurys García Calvo, Lyon, 2013.

A. G. C., 2016.